“Hay que cerrar las causas pronto, sin revanchas pero con justicia”

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El secuestro del corresponsal del diario Clarín en Neuquén, Enrique Jorge Esteban, la madrugada del 23 de julio de 1978, generó una reacción de los periodistas y reporteros gráficos de la zona que a 41 años del suceso es considerada determinante para que, tres meses después de su cautiverio en la clandestinidad y tras ser cometido a crueles tormentos, recuperara la libertad.

No menos clave resultó el rol de los directivos del matutino porteño y -en la región- del diario “Río Negro” en su respaldo a la labor de los hombres de prensa, publicando las notas sobre ese y otros secuestros y desapariciones de docentes, universitarios, artistas, políticos y gremialistas, y luego apoyándolos en su salida al exilio como último recurso de salvar sus vidas ante las amenazas de muerte.

Ricardo Héctor Villar, por su labor en esa época y haber cubierto los hechos en medios de Viedma, Cipolletti y Neuquén fue partícipe protagónico de los episodios y, como ya lo habían hecho Osvaldo Eduardo Ortiz y José María Delloro en días previos, dio su testimonio a los jueces.

“Yo me subí a la búsqueda del ‘Gordo’ cuando las gestiones ya habían comenzado para saber su paradero. Ese fue un gesto de gran valentía y de solidaridad para con su familia. Me quedó la experiencia de una singular valoración de aquellos periodistas que se movilizaron en medio de un clima que era de mucho miedo”, relató.

Como muestra del terror que la dictadura había impuesto en la sociedad, desplegando acciones para atemorizar y someterla en todos los ámbitos de la vida cotidiana, Villar recordó el caso de la detención ilegal y posteriores tormentos que sufrió el dirigente cooperativista de Cipolletti José Luis Albanessi, hasta provocarle la muerte en el centro clandestino de detención La Escuelita de la ruta 22, en Neuquén Capital. Ello se probó y consecuentemente se condenó a los responsables en el juicio desarrollado en 2012.

“El Comando del Ejército emitió dos comunicados. En el primero informaban que lo habían detenido por ser sospechoso de los incendios que habían ocurrido en la cooperativa La Colmena y destacaban que al ser revisado por los médicos estaba en óptimas condiciones. Tres días después emitieron otro comunicando su fallecimiento y que este había sido producto de un infarto”, detalló.

Villar, que en ese momento se desempeñaba como jefe de noticias de Radio LU 19, señaló que la torpeza de las autoridades militares era tan evidente que difundían, a la vez, los dos comunicados.

“A pesar del riesgo que significaba buscábamos la forma de difundir lo que estaba pasando y avanzar en la investigación de la muerte del dirigente ‘gambeteando’ la censura. Cabe destacar que lo hacíamos con el total respaldo de los dueños de la radio. Pero, como evidencia del temor que se vivía, fue la propia familia la que pidió que no se continuara por seguridad del resto del grupo familiar”, recordó.

Indicó que no sólo era una sensación el clima de terror que dominaba en la sociedad o las presiones a la prensa, en particular en los años 78, 79 y 80. Precisó que en 1979 Julio Alberto “Beby” Salto, Enrique Esteban y él recibieron llamadas advirtiéndoles que si no se iban del país los iban a matar.

“Esteban se pudo ir (con su familia Clarín lo llevó a Francia) y ‘Beby’ y su esposa también salieron, a España”, dijo.

Añadió que “Julio Rajneri -director y dueño del diario Río Negro-, tuvo un gran gesto. Nos llamó a ‘Beby’ y a mí y nos dijo:’les ofrezco que se vayan al país que ustedes prefieran. Les ofrezco España, porque ahí tengo familiares y podrán ayudarlos. Les doy los pasajes y los gastos para que se mantengan, después vemos como seguimos’”.

“Yo me quedé, fue una decisión difícil. Puedo decir muchas cosas, pero no que no tenía miedo, porque había mucho miedo y el miedo paraliza”, sostuvo.

El por qué de la decisión Villar la fundamentó en que en 1975 se había ido, en parte por la inseguridad que había en el país, a trabajar a Venezuela adonde le iba muy bien, pero después de unos meses regresó. “Opté por quedarme, elegí quedarme aunque podían matarme de un tiro y, en todo caso, moriría acá y no por el desarraigo”, sostuvo.

A raíz de ello pidió entrevistarse con el coronel Oscar Lorenzo Reinhold para que, como jefe de Inteligencia y autoridad en la ciudad, ante las amenazas que había recibido, le diera seguridad. Lo recibió en la sede militar de Sargento Cabral e Irigoyen.

“Fue grotesco, no me hizo sentar y ante el pedido de seguridad me dijo ‘en este país nadie está seguro, ni nosotros’ y empezó a darme recomendaciones insólitas, fue una tomada de pelo. Que durmiera en distintos lados, que tomara distintos colectivos, que me cruzara de vereda cuando caminaba…”, comentó.

El encuentro no duró mucho. “Le pedí que todo lo que me estaba diciendo se reflejara en un acta. ‘¿Acta? ¿Qué es eso de un acta? ¡Se va inmediatamente de acá!’, me dijo y me fui más asustado de cuando entré”, remarcó.

 

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Villar tuvo palabras de reconocimiento para los dirigentes de las organizaciones de derechos humanos, víctimas y familiares de las víctimas de la dictadura, al tiempo que reflexionó sobre la necesidad de que se profundicen los estudios sobre el fenómeno del terrorismo de estado que signó a la Argentina y sus consecuencias.

A los jueces les reclamó celeridad en la resolución de la causas. Que la causa Reinhold, por ejemplo, no se cierre porque se murió sino porque se completó el juicio, haya sido juzgado y sentenciado: “Sin revanchas pero con justicia”, remarcó Villar.

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Néstor Mathus

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