Cinco condenas

Los jueces Leónidas Moldes, Diego Barroetaveña y Richar Gallego condenaron a los cinco acusados por los secuestros y torturas que se ventilaron en este tercer juicio.

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Los Ragni por Oscar

Antonio Oscar Ragni y la madre neuquina Inés Rigo de Ragni serán los protagonistas de la primera jornada de reapertura del Tercer Juicio por delitos de lesa humanidad de Neuquén este jueves con el testimonio por la desaparición de su hijo Oscar Alfredo Ragni.

 

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Para el 6 de febrero está prevista también la declaración de David Lugones, sobreviviente del centro neuquino de detención clandestina que a los 19 años compartió el cautiverio en tiempo y lugar con Oscar Ragni.

 

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Di Pasquale no dijo dónde estan los desaparecidos

El ex oficial de inteligencia Jorge Héctor Di Pasquale respondió todas las preguntas que tanto los jueces como querellantes y el fiscal Adrián García Lois le preguntaron, sin embargo, no aportó datos sobre quiénes llevaron a cabo los secuestros y las torturas en Neuquén y Río Negro, quién o quiénes planificaron y ejecutaron los operativos de detención masiva que hubo en Cutral Co, ni aclaró cuál fue el destino final que tuvieron los siete desaparecidos, además de las circunstancias que vivieron el resto de las víctimas por las cuales afronta el actual juicio.

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Como la indagatoria es procesalmente un acto de defensa, no estuvo obligado a decir la verdad o declarar en su contra. Se sentó, y con soberbia y autosuficiencia, pidió que le preguntaran todo lo que las partes quisieran, a sabiendas de que no iba a responder lo que se le pedía.

 

Di Pasquale volvió a insistir que el tribunal civil no tendría que intervenir en su juzgamiento, acusó al fiscal García Lois de desconocer la historia reciente y no entender el rol del Ejército durante la dictadura militar e insistió incontables veces en que como oficial de inteligencia del Ejército no tuvo relación en Neuquén con la denominada “lucha antisubversiva”, sino que en 1976 y 1977 se dedicó sólo a “reunir información sobre el Ejército chileno”, en el marco del conflicto que en 1978 tuvo su máxima tensión con el vecino país.

 

Insistentemente se quejó de que los jueces no le permitieron llevar como testigo al ex jefe montonero Fernando Vaca Narvaja, porque consideró que si él (Di Pasquale en su acto de defensa) lo interrogaba, “luego de una charla con él como testigo, podríamos solucionar los problemas de la sociedad”.

 

Aunque su jefe inmediato en 1976, el teniente coronel Mario Alberto Gómez Arena, era a su vez el mismo jefe del civil de inteligencia Raúl Guglielminetti (reconocido por las víctimas en los secuestros y torturas, tanto en La Escuelita como en la Federal), Di Pasquale convenientemente sostuvo que no trabajaba con Guglielminetti y que pensaba que era un policía federal.

 

Para Di Pasquale, el destacamento de Inteligencia 182 -que funciona aún hoy a un costado del Comando- sólo se dedicaba a buscar agentes de la DINA -Dirección de Inteligencia de Chile- en la región y aunque era un “puesto alternativo de comando” no tuvo intervención en los operativos que largamente detallaron los sobrevivientes en las audiencias.

 

“No sé si lo que dicen es cierto o no es cierto, debe ser cierto, pero no es responsabilidad mía”, dijo Di Pasquale cuando se le preguntó a qué atribuía los testimonios y denuncias que había escuchado en el juicio.

 

Cuando se le preguntó específicamente quién realizaba en Neuquén esta tarea, si él negaba que el destacamento 182 realizara los operativos de secuestro y las detenciones en “La Escuelita” que el comandante José Luis Sexton reconoció que hubo en Neuquén, el ex militar respondió irónico: “eso lo tendría que contestar Sexton (que está fallecido), deben haber sido pedidos que le hacían a Neuquén desde otras jurisdicciones, las cosas que yo llevé a cabo no consistieron delito; si cometí algún error, me tendrían que haber sancionado. Era un problema de Sexton, no era un problema mío ni del destacamento”,

 

Cuando se le preguntó por qué en una nota firmada por él en la que reivindicaba el levantamiento ‘carapintada’ de 1987 en protesta por las causas penales que se habían iniciado contra los que perpetraron secuestros y torturas, mencionaba su rol de “lucha contra la subversión”, y ahora lo negaba, Di Pasquale buscó la salida de la “obediencia debida” e insistió en plantear que en 1987 había 850 oficiales y suboficiales acusados de delitos de lesa humanidad “y los responsables, como los generales, no se hacían cargo; y que por esto habían formado un “movimiento nacional” para indicar que de lo que se les acusaba “eran actividades propias del mando”.

 

En la misma línea, insistió en que “no intervine en secuestros, interrogatorios ni torturas durante los años 1976 y 1977” cuando estuvo en Neuquén”, y que el destino de los desaparecidos “se lo tendrían que preguntar a Sexton. No recibí ni di ninguna orden de aniquilar; no puede existir jamás un plan”, dijo Di Pasquale e insistió en asegurar que en ese tiempo seguía a supuestos militares chilenos que hacían inteligencia en la zona o que movían tropas del otro lado de la cordillera. Finalizó su intervención diciendo que “el plan Cóndor no existió”, cuando se le preguntó si en su labor de inteligencia tuvo relación con militares chilenos que buscaban activistas en esta región.

 

 

 

 

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Foto: Matías Subat

“Eran tan terrible los golpes, que deseaba llegar a la sala de torturas”

Benedicto del Rosario Bravo militaba en el peronismo en 1976 y había adherido al Partido Auténtico, y “en la creencia de que no iba a ser tan horroroso como ocurrió”, sacó un comunicado político repudiando el golpe cívico-militar de ese año.

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“En septiembre de 1976 comenzó el hostigamiento, habían secuestrado a Patricio Dillón del Quintu Panal y firmé un comunicado en contra del golpe. Me llegó una citación la policía de la comisaría tercera de Roca, que me decía -escrita a mano- que me tenía que presentar en el Comando” de Neuquén.

 

Cuando se presentó en el lugar “el de la mesa de entradas sacó a los soldados -conscriptos en servicio obligatorio- y entraron tres oficiales; dos me agarraron por las manos y el tercero me dio un golpe que me aturde y cuando me estoy despertando estaba vendado, en el piso de un auto y con un borseguí en la cabeza”, le dijo al tribunal.

 

Benedicto Bravo dijo que como electricista, sabía que estaba a bordo de una Ika Gladiator doble cabina. Así lo llevaron a “La Escuelita”, donde fue esposado a un camastro y reconoció las voces de Oscar Paillalef y de Enrique Teixido. Mientras permaneció desaparecido, todos los días fue llevado al galpón de chapa. Los guardias le pedían que se agachara y le pegaban cuando lo hacía; que corriera, y cuando lo hacía pisaban las cadenas que ataban sus pies y se caía; y cuando se agachaba porque así lo exigían, le pateaban fuertemente en “el culo” como para que quedara a un par de metros de bruces, al estar con las manos encadenadas y los ojos vendados. “Cada vez que me llevaban, era terrible, lo único que quería es llegar a la sala de torturas porque no daba más, era un descanso llegar a la sala de torturas para que no me pegaran más”, dijo Bendicto.

 

En el galpón de chapa nunca hubo preguntas, “sólo se reían de mi vida personal, conocían detalles de mis cosas, de mi vida, me ponían un cinturón con electrodos mojados en la cabeza y decían: ‘dale manija’. Escuchaban radio de Cipolletti y tomaban mate en otro lado”, describió.

 

En la tortura donde no había preguntas sino “manija”, Benedicto “no podía ni gritar, porque la picana me achicaba la lengua y se ponía gruesa. Cuando salí, no le dije nada a nadie, ni siquiera a mis hijos, no porque me hiciera mal, sino por no infundir temor o miedos en ellos”. Opinó que “el miedo es parte del ser humano, lo único que intenté siempre es que no se transformara en cobardía”, y por eso dialogó con uno de los represores que había en “La Escuelita” el día que lo retiraron del centro clandestino. Lo llevaron junto con Paillalef al Comando y de allí lo liberaron. “Me dijo ‘acá tenés tu DNI y plata para que te vayas en colectivo (a Roca), estuve hablando y no tenemos nada’. ¿Y usted quién es?, le pregunté, entonces respondió: ‘yo soy el mayor Farías Barrera’”.

 

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Pido Justicia

 

“Así fue lo que viví, pero luego no podía ni trabajar en el taller de electricidad, porque cada uno que entraba yo me iba a esconder, porque pensaba que me iban a llevar. Así fue que con mi patrón quedamos en que me iba por un tiempo, y durante un año me fui a trabajar a Chile. Si me hubiera quedado en Roca, no sé si me hubieran ido a buscar otra vez; en Chile me sentí acompañado por el pueblo chileno en plena dictadura de Pinochet; también me sentí acompañado por la Iglesia: sé que hubo dos Iglesias, a mí me tocó una, la de Hesayne (Miguel Esteban, obispo de Viedma) que siempre fue cercana a mis principios cristianos y peronistas. No estoy acá por ego de decir que éramos mejores, ni para dar lástima; sólo vengo por el compromiso de que los juzguen, porque así nos vamos a convertir en un país con dignidad. “No vengo por odio ni venganza, sólo por Justicia. No podemos olvidar un genocidio porque sino veremos el odio, la venganza y la tortura como algo natural”, insistió Benedicto Bravo ante los jueces.

 

 

 

 

 

 

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“El cielo más azul de mi vida”

Oscar Paillalef tiene 63 años y esta fue la segunda declaración que hizo en los juicios que se llevan a cabo por los delitos de lesa humanidad en Neuquén y Río Negro.

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Fue detenido a los 26 años por una patota que lo secuestró y lo vendó cuando se presentó (por una citación in voce que le hizo la policía de Río Negro en su casa en Roca) en el despacho de Oscar Lorenzo Reinhold, el 19 de septiembre de 1976 por la mañana. Fue vendado y llevado directamente a la tortura en “La Escuelita”, donde permaneció desaparecido más de 10 días. Luego quedó detenido en la U9 y terminó su periplo de humillaciones en Rawson, el penal que los sobrevivientes describen como el de los golpes y la tortura psicológica permanentes.

 

“A media cuadra me esperaba mi familia. Ese día he visto uno de los cielos más azules que he visto en mi vida”, recordó.

 

Con la venda puesta, desde el Comando lo llevaron al entonces Batallón 181 en septiembre de 1976. “Reinhold me dijo que necesitaba hacerme un interrogatorio; tenía una vida pública en Roca y no nos ocultábamos, éramos de la Juventud Peronista”, dijo ante los jueces.

 

Describió que ni bien se fue su padre del lugar “una patota que estaba contigua a su despacho me ata con cadenas, me vendan, eran tres o cuatro; dieron muchas vueltas como para perderme pero igual me di cuenta que estábamos camino al Batallón; allá pidieron permiso para entrar, me bajaron a los golpes y me ataron a una cama de pies, manos y también por el cuello con una cadena”, describió.

 

Los guardias de la “Escuelita” lo golpearon continuamente y también “nos amartillaban un arma en la cabeza”, mientras estaban en los camastros. A los golpes también lo llevaron a una dependencia afuera, hecha de chapa, “siempre a los golpes, donde había una cama en la que se hacía el interrogatorio”.

 

El torturador que se identificaba como “Pedro” y un ayudante le preguntaban qué hacía y a qué personas conocía. “Me ponían cables en las muñecas y en las sienes y con una maquinita le daban corriente: el cuerpo se contorsiona, se levanta, a uno se le traba la lengua y se siente que le estalla la cabeza, es una sensación muy desagradable”, describió Oscar.

 

Los días transcurrieron de la misma manera. En la radio, a todo volumen, se anunciaban las actividades por el día del estudiante. El testigo recordó que durante la permanencia en “La Escuelita” había “un gordo que aparte de pegar mucho, nos amartillaba en la cabeza, cada vez que nos llevaba al baño nos daba muy duro en la cara y el cuerpo, y se agitaba. Día de por medio, aparecía Pedro” y volvía la sesión de picana en la casilla de chapa.

 

El último día

 

“El último día que estuve allí me llevaron a la sala de chapa, pero me hicieron dar vuelta y ver unas fotografías donde estaba mi hermano, era la foto del documento. Me sacaron una foto y me decían que era candidato a que me tiraran al lago Pellegrini; apareció alguien al que le decían jefe, que hizo preguntas médicas y que dijo que como estábamos, parecíamos todos muertos. Me pusieron una manta, me sacaron las esposas que ya me habían cortado la piel y me subieron a una camioneta vendado junto con Benedicto Bravo, a quien conocía de Roca. Bajamos en el Comando y Benedicto hablaba algo con el gordo que pegaba muchísimo y se agitaba; y luego me llevaron a una sala donde había uniformados de azul (penitenciarios) y me llevaron a la U9, donde permanecí hasta febrero de 1977, cuando me llevaron a Rawson”.

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Cárcel y malas noticias

 

Paillalef describió que mientras permaneció en la U9 como preso político, supo que en noviembre llegaron de Rawson Teixido, Ledesma, López y Cáceres, y que fueron de allí llevados a “La Escuelita” para volver dos o tres días después. “López tenía la espalda destruida, era un tajo al lado del otro”, describió.

 

Dijo que para cuando se lo llevaron a Rawson, en febrero, ya sabía que allá habían desaparecido Orlando Cancio y Javier Seminario Ramos. “Supimos de su desaparición, fue anterior a nuestra llegada a Rawson”, aseguró.

 

En la cárcel sureña “todo era golpes y humillación permanente; todo un sistema preparado para destruirnos; desde que llegamos nos recibió la patota de la requisa que nos bajó a palos del camión. La humillación no sólo era para nosotros, sino también para nuestros familiares que iban cada 45 días a visitarnos y sufrían requisas espantosas y humillantes para luego hablar con nosotros a través de un tubito que pasaba por un vidrio” describió.

 

Paillalef analizó que con la detención y tortura “querían destruir todos los valores de nuestro país, a todo el que tenía alguna actividad. Nosotros hacíamos trabajo en los barrios, tareas como conseguir el gas para los vecinos, mejorar la salita, era un orgullo pertenecer a la Juventud Peronista y se intentó destruir todo eso”.

 

 

 

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Genga: “Los interrogatorios eran brutales”

Luis Alfredo Genga era el director de la escuela 50 de Cipolletti,  que en la zona era conocida como “la de Confluencia”, cerca del puente carretero. El 25 de marzo de 1976, al día siguiente del golpe cívico-militar que encabezó Jorge Videla, lo fueron a buscar a la casa que ocupaba dentro del establecimiento educativo.

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El no estaba pero le revolvieron todas sus pertenencias y le llevaron objetos personales: libros, cartas, fotos. Los uniformados habían actuado con suma violencia, atemorizando a las maestras y los alumnos.

Entre las cosas que le llevaron había documentación del gremio de los docentes, Unter, de la que había sido uno de los fundadores y era secretario general en aquel entonces. También era dirigente de la Ctera, la organización de los maestros a nivel nacional.

“Que se presente en la comisaría”, fue la orden que le dejaron a la maestras para Genga. Pero conocedoras de que se producían secuestros, le juntaron su ropa, le dieron “dos sueldos” y le sugirieron que se fuera del país.

“No me quería ir, así que me presenté en la comisaría. Me esperaban Camarelli (Antonio, comisario) y otro de apellido Vitón (Gustavo, militar asignado tras el golpe para comandar la zona). No me torturaron, pero fui sometido a un insidioso interrogatorio difícil de soportar”, relató ante los jueces.

Las preguntas giraban en torno a su condición de gremialista y le pedían datos de otros dirigentes, de Alfredo Bravo que dirigía la Ctera, y de las autoridades del sindicato docente de Neuquén.

Lo liberaron, pero en septiembre de ese año, cuando estaba en la casa de Cristina Botinelli junto con Silvia, hermana de Cristina y desde entonces su pareja, y un amigo de apellido Villafañe, fueron secuestrados por dos personas -entiende que habría más afuera de la casa-, quienes actuaron con suma violencia, particularmente contra él, a quien golpearon con un arma y los desmayaron.

Previo paso por lo que cree era la comisaría de Cipolletti, los llevaron a La Escuelita que funcionaba en los fondos del Batallón en Neuquén.

Reconoció el lugar porque había ido previamente a buscar materiales de construcción que el Ejército aportaba para la escuela. Puntualmente ubicó lo que fue el centro clandestino de detención y tortura porque, en esas ocasiones en que fue a buscar cemento, hierros y otros elementos, lo identificó como la caballeriza. “Era un lugar donde había habido algo relacionado con animales”, relató.

Contó que ahí, junto con las hermanas Botinelli y Villafañe, los tuvieron dos semanas y fueron sometidos a “interrogatorios brutales”, en los cuales, en su caso, lo castigaban con tormentos hasta hacerle perder el conocimiento.

“Cuando me desperté, uno me pegaba en la planta de los pies. Primero pensé que era una reacción de mi cuerpo ante el castigo recibido, pero me di cuenta que era torturado”, dijo.

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Comentó que pensó que pudo haber un médico presenciando las sesiones de tortura, pero que obviamente en ese momento no lo supo. “Después sí supe que había habido un médico”, señaló.

El médico que actuaba en el Batallón era Hilarión de la Pas Sosa, uno de los imputados en el juicio.

Dijo que entre los 18 ó 20 detenidos que había en La Escuelita, reconoció a Marta Decea, de Cinco Saltos, y al doctor Enrique Teixido, de General Roca. A éste, señaló, en una ocasión le pidieron que revisara a Decea, que padecía dolores y sugirió una medicación.

“Cuando estaba en el límite de la resistencia durante las torturas, venía luego el interrogatorio. Cuando había pasado la parte más cruenta del interrogatorio aparecía una persona que se identificaba como Pedro. Pedro aparecía como el más manso y empezaba a hablar calmo”, dijo.

Añadió que (Pedro) “conocía todo de mi familia, porque me decía por qué había dejado a Elena Meraviglia, que había sido mi esposa y que fue abandonado, presuntamente cerca de Barda del Medio, deteriorado física y mentalmente al extremo.

Hizo un dramático relato de su estado corporal y de su reencuentro con las Botinelli. Si bien intentó seguir en el país, finalmente en 1977 optó por irse a España, donde con Silvia Botinelli –su mujer actual- tuvieron tres hijas.

 

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“Me fui del país porque llegué a sentirme un leproso, que comprometía a la gente con la me contactaba”. Volvió a Argentina en 1992 y actualmente es secretario de Derechos Humanos de la Ctera.

 

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Teresa, hermana de Celestino Aigo, desaparecido

Desde ese momento nunca más lo volvimos a ver”, dijo Teresa Nivea Aigo, hermana de Celestino Aigo, vecino de Villa Florencia que desapareció a los 22 años una tarde de agosto de 1976.

 

 

Emiliano Ortiz 11 de abril 2012

 

 

Teresa testimonió cómo fue el secuestro de su hermano y los infructuosos intentos por dar con un rastro de él después de que se lo llevaron de su casa.

No hubo otros testimonios que pudieran aportar sobre qué ocurrió con Celestino después de que un comando encapuchado se lo llevara de la casa; no se lograron testimonios que lo sitúen en otro lugar ni fue “blanqueado” posteriormente por la dictadura. Su destino se ignora desde agosto de 1976.

Mi hermano vivía en mi casa, era agosto de 1976, era tarde cuando golpearon a la puerta personas que decían ser policías. Estábamos en la mesa, Celestino me tocó y me dijo “no hagan nada”. Siguieron golpeando y exigían que abriéramos. Cuando se abrió la puerta, entraron hombres encapuchados vestidos de militar y nos amenazaron de que si nos movíamos nos iban a matar. Estaba mi hermana mayor y mi cuñado, mi madre, Celestino y yo”, describió ante el tribunal.

Explicó que los dos jóvenes -su cuñado y su hermano- fueron sacados afuera de la casa y lo único que saben luego es lo que escucharon a través de la puerta. “Mi mamá lloraba y pedía que la dejaran salir, que qué estaban haciendo; y le decían que se calle o iban a matar a todos”, señaló.

Fue entonces que Teresa recordó un diálogo en el que una voz de la patrulla preguntó los nombres de ambos jóvenes “y escucho el nombre de mi cuñado, luego mi hermano dice Celestino Aigo; y entonces contestaron ‘ah…vos sos el famoso Chino Aigo’, y se sintió un golpe fuerte”, detalló.

Teresa explicó que la sensación en el interior de la casa donde estaban amenazados por los encapuchados armados era que “los iban a matar a palos”; mientras su madre gritaba y lloraba para que la dejaran salir.

Desde ese momento nunca más lo volvimos a ver. Mi mamá salió por las comisarías, mi papá volvió para buscarlo en la noche por todos lados; pero nadie respondía, pasaron los días y mis padres lloraban deprimidos; nunca más lo volvimos a ver. Fuimos a la comisaría de Bouquet Roldán, al Batallón 181 porque nos decían que podía estar ahí, pero venían con la misma respuesta, solamente les decían (a su papá y su mamá) que ahí no estaba. Mi papá duró nueve meses y después falleció a raíz del inmenso dolor”, dijo Teresa.

Explicó que al momento del secuestro ella tenía 14 años y su hermano Celestino 22. “Mañana cumpliría años”, dijo Teresa, que declaró el 11 de diciembre. El 12 su hermano cumpliría 65 años.

Antes de retirarse, le planteó a los jueces que “aún hoy mi madre lo espera, todavía reclama, continuamente lo espera en las navidades porque mañana sería su cumpleaños. Tiene 91 años y sigue esperando justicia”, dijo.

Me llevaron a mi hermano, acabó mi infancia cuando yo tenía 14 años”, afirmó.

 

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Mi hermano, desaparecido.

“A sus 91 años mi madre lo sigue esperando para la Navidad”

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Teresa Nivea Aigo, hermana de Celestino Aigo.

Escuchar audioTeresa Nivea Aigo

 

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Di Pasquale recusó al fiscal Grosso

El imputado Jorge Di Pasquale recusó al fiscal Marcelo Grosso. Pidió que se lo separe del juicio por falta de “independencia y objetividad”. Continue reading

Cinco en el tercer juicio neuquino

Ex jefe del destacamento de inteligencia 182 en 1976, Mario Alberto Gómez Arena, militar.

 

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