Hoy el veredicto de “La Escuelita” VI

Miércoles 11 de septiembre, a las 800, el veredicto

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El tribunal está está compuesto por Orlando Coscia -presidente- Alejandro Cabral y Alejandro Silva.

016 Escuelita VI SPN 10junio2019 TOF Coscia-Cabral-Silva FOTO Oscar Livera

 

La fiscalía la ejerce Miguel Angel Palazzani junto con la fiscal adjunta Jorgelina D Alessandro. Las querellas están representadas por Natalia Hormazábal y Mariana Derni (Ceprodh) y Bruno Vadalá (APDH)
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Gabriela Labat y Pedro Pugliese son los defensores oficiales de los imputados militares y del gendarme.

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Están procesados por torturas y privación ilegítima de la libertad agravada por su condición de presos políticos los militares Néstor Castelli, Fernando Zárraga, Oscar Lorenzo Reinhold, Jorge Molina Ezcurra, Jorge Di Pasquale, Sergio San Martín, Carlos Benavídez y el comandante de gendarmería Emilio Sachitella.

El juicio comenzó el 10 de junio de 2019 y el 3 de agosto, con las indagatorias, se declaró finalizado el debate.

#CoberturaColaborativa del Sindicato de Prensa de Neuquén

 

“Pensé que me iban a matar”

La psicóloga Graciela Vicente vivió un calvario los siete días que la mantuvieron secuestrada en la comisaría de San Martín de los Andes y en el escuadrón Junín de los Andes de Gendarmería Nacional. Encadenada a un camastro y vendada sufrió tormentos físicos y psicológicos que la pusieron al límite de su resistencia.

“Mi estado era de pánico, me acusaban de terrorista, me decían que en mi casa habían encontrado panfletos subversivos y cocaína, y era una absoluta mentira”, relató la mujer. Cuatro meses antes había llegado a San Martín de los Andes desde la Capital Federal y ejercía su profesión en los hospitales de esa ciudad y la cercana Junín de los Andes.

En la detención identificó al gendarme Jorge Emilio Sacchitella, coincidiendo con otros de los detenidos y secuestrados en esos días. Puntualmente relató que fue presa junto al matrimonio que integraban la docente María Luján Gómez y el agrimensor Osvaldo Ubaldini, con quienes realizaban actividades laborales.

“Nos atendió Sacchitella en San Martín y de ahí nos llevaron, esposados, a Junín. Nos insultaban y nos acusaban de guerrilleros y yo nada que ver con eso. Ahí me dio un ataque de nervios porque pensé que nos iban a matar. Los compañeros lograron calmarme”, añadió.

Tenía 25 años cuando soportó esa situación que la marcó para el resto de su vida. “Me sacaban fotos de frente, de perfil, como si fuera una delincuente. Me interrogaban todos los días. Eran tres, a los que no pude identificar. Me preguntaban varias veces lo mismo, para confundirme. Querían que los les dijera que Gómez y Ubaldini eran peligrosos y que si lo decía yo obtenía algún beneficio. Pero yo no podía decirlo porque sabía no eran subversivos, así que no dije nada”, señaló quebrada por el dolor al revivir el horror que debió afrontar.

Agregó que además de Sacchitella también reconoció al coronel Cabrera como integrante de la patota que la secuestró. Mencionó que durante la detención fue revisada por el doctor de Gendarmería, Luis Arrué.

La incertidumbre dominó sus ánimos porque en un momento alcanzó a ver en Junín a “Fito” Gómez y Cristian Varela, que en ese momento era su novio.

Finalmente, sin que le dieron ninguna razón por la que la habían detenido, la liberaron. Como habían venido sus padres a buscarla, por iniciativa de su progenitor fueron a Gendarmería a pedir explicaciones de por qué había sido víctima de las torturas. “Pero nos trataron muy mal, a mi padre le dijeron que quién era él para pedir explicaciones y ordenaron que nos retiráramos”, dijo.

Dijo que supo que el matrimonio Ubaldini-Gómez no tuvo la suerte de ella y que los habían trasladado a Neuquén. Posteriormente se enteró que debieron exiliarse en México.

Con la recuperación de la democracia regresó a San Martín de los Andes en 1983, donde reside hasta ahora. “Agradezco mucho esta oportunidad de poder contar lo que pasó y por el respeto que se me brindó. Esto tiene un gran valor para todos los ciudadanos”, le dijo la mujer a los jueces al cerrar su testimonio.

Néstor Mathus #CoberturaColaborativa

Sindicato de Prensa de Neuquén

“Justicia, por los que fueron avasallados sin motivo”

“La cuidé porque creí que nadie podía negarse en una situación así”, dijo Alda Muñoz cuando los jueces le preguntaron qué la llevó a hacerse cargo de Marina Ubaldini, la beba de de seis meses hija de María de Luján Gómez y Eduardo Fernando Ubaldini durante los días que estos estuvieron detenidos en Gendarmería Nacional de San Martín de los Andes, tras un operativo que comandó el entonces coronel de esa fuerza Jorge Eduardo Sacchitella.

Alda declaró por video conferencia desde una sede judicial en San Martín de los Andes.

Alda dijo no recordar siquiera quién le entregó la beba, pero Rodolfo Pedro Gómez, hermano de María de Luján, declaró que fue él quien le pidió a la mujer que contuviera a la niña. Conocía a los Ubaldini porque junto con otras personas integraban un grupo de teatro.

“En el 76 todos estábamos preocupados por la situación de los detenidos por causas que nunca conocíamos. Nunca vi a Eduardo y María haciendo algo que me sorprendiera. Fueron momentos muy difíciles y todos sabemos lo que pasó”, relató.

Contó que vivía a dos cuadras de Gendarmería, que en ese momento tenía dos hijas pequeñas y que fue muy emotivo cuando liberaron a Eduardo y María, quienes quedaron muy atemorizados luego de la detención, y pudieron reecontrarse con la bebé. “Eduardo estaba muy delgado, venían amigos a saludarlos. Se fueron a México porque estaban arriesgando demasiado por nada. Fue muy feo para ellos ese desarraigo”, indicó.

“Quisiera que esto se termine bien. Que haya justicia por los que fueron avasallados en su momento sin tener ningún motivo para ese sufrimiento”, concluyó no sin antes destacar que si no recuerda nombres y episodios puntuales puede deberse a que en “situaciones muy fuertes uno se bloquea”.

Nestor R.Mathus/ #CoberturaColaborativa del SPN

“Esta gente actuó con sadismo”

Oscar Rodolfo Escobar era un joven empleado municipal de Bariloche de 23 años cuando, según declaró ante los jueces, comenzó a sufrir persecución por su pertenencia al sindicato y fue acusado de integrar células extremistas. Fue ilegalmente detenido, esposado y vendado lo alojaron en la Escuela de Instrucción Andina (EIA) donde sufrió todo tipo de vejaciones, desde pasar hambre y frío, ser severamente golpeado hasta perder el conocimiento hasta convertirse en blanco de un simulacro de fusilamiento.

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En este juicio fue convocado por la detención que tuvo el 8 de octubre de 1976, por orden de los entonces director y subdirector de la EIA, Néstor Rubén Castelli y Carlos Rito Burgoa (fallecido), respectivamente, pero se explayó por un proceso que se había iniciado el año anterior en el que responsabilizó, además de Castelli y Burgoa, a Fernando Zárraga, por los tormentos sufridos y su obligada salida del país como única manera de evitar ser eliminado.

“Mis hechos arrancan el 21 de agosto de 1975 cuando el diario Río Negro publicó los concursos -uno de los cuales se adjudicó- para jefes de secciones en el municipio. Para ese entonces el personal ya estaba siendo seguido para terminar llevándonos al desastre que luego vimos que ocurrió”, dijo.

Relató que “tras el golpe se presentaron en el municipio Castelli, Zárraga, Burgoa y otros y nos dijeron que venían a imponer el orden, que la democracia iba a volver. Vinieron vestidos con cascos con ramas en la cabeza, granadas colgando… Ahí comenzó una persecución implacable”.

Señaló que en la primera de las detenciones lo tomaron en la vía pública tres hombres de civil, a cara de descubierta. Le dijeron que eran de la Policía Federal y creyó reconocer a un oficial de apellido Valdivia que días antes estuvo parado frente a su casa.

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En esa ocasión lo llevaron a que declarara ante Castelli, le dijeron que en un allanamiento en una casa de Vaca Narvaja, en Córdoba, encontraron su teléfono. Le dijeron“mirá hijo de puta, sabés muy bien por qué estás acá” y como negó esas imputaciones lo golpearon hasta desmayarlo. “Esa gente actuó con sadismo. Fue muy duro. En un informe decían que yo era subersivo y por ello me echarían del municipio. Después de las vejaciones y torturas me fueron a buscar al calabozo y me dijeron que como no había querido declarar y renunciar me iban a ejecutar”.

Comentó que “en un Falcon verde me sacaron de la EIA, fueron al kilómetro 21 hacia el descampado de la ciudad y me dijeron ‘arrodillate y rezá’. Sentí cuando el hombre montó la pistola, la puso al lado del oído y disparó. Quedé sordo tres días y después con una lesión para siempre”.

 

Néstor Mathus/ #CoberturaColaborativa del SPN

PH Shirley Herreros

Los médicos de poca memoria

El martes 30 de julio, a través de videoconferencia desde San Martín de los Andes, prestaron testimonio dos de los médicos que atendieron al matrimonio Ubaldini-Gómez durante una de sus detenciones.

Eduardo Ubaldini y María del Luján Gómez sufrieron cuatro detenciones desde que comenzó la dictadura el 24 de marzo de 1976. La más intensa, tanto por los tormentos como por la duración, fue la de 1978. En esa oportunidad fueron inspeccionados por dos médicos. El primero en declarar fue Norberto Stocchetti, quien era parte del Plan de Salud Rural y que trabajó para gendarmería por 25 años desde 1977.

Stochetti comentó que una de sus obligaciones en ese trabajo era acercarse a ver a las personas detenidas. Aseguró no acordarse del matrimonio más que como vecinos y que no era habitual ver personas detenidas. Respecto al acusado Jorge Emilio Sacchitella, aseveró conocerlo como su jefe.

Seguidamente declaró Luis Willy Arrué, médico jubilado que llegó a Junín de los Andes en 1975 para trabajar en el sistema público de salud. Arrué había declarado anteriormente en el juicio “La Escuelita II” en 2012, donde indicó que era común ver detenidos y, al igual que en este tramo del juicio, reconoció que conocía a Sacchitella no solo por su rol en las fuerzas armadas sino porque también habían sido compañeros de escuela en Goya, Corrientes. En aquella oportunidad había sido convocado por la defensa y ante las preguntas de la querella recordó la detención del matrimonio en 1978.

Daniel Font Thomas

Por sistema de video, los médicos de gendarmería que declararon desde San Martín de los Andes

Relató también que por aquellos días si bien no trabajaba para el ejército,  fue convocado en esa oportunidad por la institución, con Sacchitella al mando. Allí conoció a la pareja de detenidos y lo que más llamó su atención fue el estado de inquietud que tenían. Lo único que hizo fue recomendar, a través de un informe, especial atención para Eduardo Ubaldini ya que tenía alguna dificultad respiratoria. Agregó que años más tarde supo del exilio en México de la pareja porque su hija se hizo amiga de Marina, la hija menor del matrimonio, quien además fue denunciante, víctima y testigo en este juicio.

Malena Arias Kraemer/ #CoberturaColaborativa del SPN

PH Daniel Font Thomas

 

“Hay que cerrar las causas pronto, sin revanchas pero con justicia”

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El secuestro del corresponsal del diario Clarín en Neuquén, Enrique Jorge Esteban, la madrugada del 23 de julio de 1978, generó una reacción de los periodistas y reporteros gráficos de la zona que a 41 años del suceso es considerada determinante para que, tres meses después de su cautiverio en la clandestinidad y tras ser cometido a crueles tormentos, recuperara la libertad.

No menos clave resultó el rol de los directivos del matutino porteño y -en la región- del diario “Río Negro” en su respaldo a la labor de los hombres de prensa, publicando las notas sobre ese y otros secuestros y desapariciones de docentes, universitarios, artistas, políticos y gremialistas, y luego apoyándolos en su salida al exilio como último recurso de salvar sus vidas ante las amenazas de muerte.

Ricardo Héctor Villar, por su labor en esa época y haber cubierto los hechos en medios de Viedma, Cipolletti y Neuquén fue partícipe protagónico de los episodios y, como ya lo habían hecho Osvaldo Eduardo Ortiz y José María Delloro en días previos, dio su testimonio a los jueces.

“Yo me subí a la búsqueda del ‘Gordo’ cuando las gestiones ya habían comenzado para saber su paradero. Ese fue un gesto de gran valentía y de solidaridad para con su familia. Me quedó la experiencia de una singular valoración de aquellos periodistas que se movilizaron en medio de un clima que era de mucho miedo”, relató.

Como muestra del terror que la dictadura había impuesto en la sociedad, desplegando acciones para atemorizar y someterla en todos los ámbitos de la vida cotidiana, Villar recordó el caso de la detención ilegal y posteriores tormentos que sufrió el dirigente cooperativista de Cipolletti José Luis Albanessi, hasta provocarle la muerte en el centro clandestino de detención La Escuelita de la ruta 22, en Neuquén Capital. Ello se probó y consecuentemente se condenó a los responsables en el juicio desarrollado en 2012.

“El Comando del Ejército emitió dos comunicados. En el primero informaban que lo habían detenido por ser sospechoso de los incendios que habían ocurrido en la cooperativa La Colmena y destacaban que al ser revisado por los médicos estaba en óptimas condiciones. Tres días después emitieron otro comunicando su fallecimiento y que este había sido producto de un infarto”, detalló.

Villar, que en ese momento se desempeñaba como jefe de noticias de Radio LU 19, señaló que la torpeza de las autoridades militares era tan evidente que difundían, a la vez, los dos comunicados.

“A pesar del riesgo que significaba buscábamos la forma de difundir lo que estaba pasando y avanzar en la investigación de la muerte del dirigente ‘gambeteando’ la censura. Cabe destacar que lo hacíamos con el total respaldo de los dueños de la radio. Pero, como evidencia del temor que se vivía, fue la propia familia la que pidió que no se continuara por seguridad del resto del grupo familiar”, recordó.

Indicó que no sólo era una sensación el clima de terror que dominaba en la sociedad o las presiones a la prensa, en particular en los años 78, 79 y 80. Precisó que en 1979 Julio Alberto “Beby” Salto, Enrique Esteban y él recibieron llamadas advirtiéndoles que si no se iban del país los iban a matar.

“Esteban se pudo ir (con su familia Clarín lo llevó a Francia) y ‘Beby’ y su esposa también salieron, a España”, dijo.

Añadió que “Julio Rajneri -director y dueño del diario Río Negro-, tuvo un gran gesto. Nos llamó a ‘Beby’ y a mí y nos dijo:’les ofrezco que se vayan al país que ustedes prefieran. Les ofrezco España, porque ahí tengo familiares y podrán ayudarlos. Les doy los pasajes y los gastos para que se mantengan, después vemos como seguimos’”.

“Yo me quedé, fue una decisión difícil. Puedo decir muchas cosas, pero no que no tenía miedo, porque había mucho miedo y el miedo paraliza”, sostuvo.

El por qué de la decisión Villar la fundamentó en que en 1975 se había ido, en parte por la inseguridad que había en el país, a trabajar a Venezuela adonde le iba muy bien, pero después de unos meses regresó. “Opté por quedarme, elegí quedarme aunque podían matarme de un tiro y, en todo caso, moriría acá y no por el desarraigo”, sostuvo.

A raíz de ello pidió entrevistarse con el coronel Oscar Lorenzo Reinhold para que, como jefe de Inteligencia y autoridad en la ciudad, ante las amenazas que había recibido, le diera seguridad. Lo recibió en la sede militar de Sargento Cabral e Irigoyen.

“Fue grotesco, no me hizo sentar y ante el pedido de seguridad me dijo ‘en este país nadie está seguro, ni nosotros’ y empezó a darme recomendaciones insólitas, fue una tomada de pelo. Que durmiera en distintos lados, que tomara distintos colectivos, que me cruzara de vereda cuando caminaba…”, comentó.

El encuentro no duró mucho. “Le pedí que todo lo que me estaba diciendo se reflejara en un acta. ‘¿Acta? ¿Qué es eso de un acta? ¡Se va inmediatamente de acá!’, me dijo y me fui más asustado de cuando entré”, remarcó.

 

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Villar tuvo palabras de reconocimiento para los dirigentes de las organizaciones de derechos humanos, víctimas y familiares de las víctimas de la dictadura, al tiempo que reflexionó sobre la necesidad de que se profundicen los estudios sobre el fenómeno del terrorismo de estado que signó a la Argentina y sus consecuencias.

A los jueces les reclamó celeridad en la resolución de la causas. Que la causa Reinhold, por ejemplo, no se cierre porque se murió sino porque se completó el juicio, haya sido juzgado y sentenciado: “Sin revanchas pero con justicia”, remarcó Villar.

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Néstor Mathus

#CoberturaColaorativa SPN

 

“Nos quieren joder”

Eduardo Ubaldini y María del Luján Gómez fueron los principales testigos durante la audiencia del lunes 12 de agosto. Ante los jueces del tribunal relataron los tormentos que sufrieron como víctimas de secuestros y persecución en San Martín de los Andes, entre 1976 y 1980.

La pareja buceó en sus recuerdos para describir los padecimientos atravesados durante la última dictadura militar. Ubaldini y Gómez relataron en primera persona esos oscuros años. La hija de ambos, Marina Ubaldini, ya había narrado las historias que había mamado de su familia desde pequeña en las primeras jornadas de este juicio.

Eduardo se desempeñaba como agrimensor y cuando fue estudiante había militado en el Partido Comunista. Cuando arribó a San Martín de los Andes, en 1965, continuó con su actividad política pero desistió un año después al notar que le impedía conseguir trabajo en una comunidad que lo estigmatizaba por ello.

María, por su parte, llegó a la localidad en 1969 con su primer esposo. Allí tuvieron dos hijos varones, Juan Sebastián y Luciano, y en 1973 se divorciaron. Al año siguiente conoció a Eduardo, con quien se casó y formó familia. Ella era maestra y provenía de una familia en la que se respiraba el arte, ya que su papá era escultor y cineasta. Además, María se destacaba en las peñas tocando la guitarra. “

Nuestra vida era bohemia en comparación con la de la familia promedio de San Martín de los Andes”, analiza en retrospectiva.“Crecí en la casa de un artista, me había divorciado y después casada con ‘el comunista’ y, por esas cosas, aquella comunidad tradicionalista y reaccionaria nos prejuzgaba y nos demonizaba”, sentenció.

Una vez consumado el golpe de estado en 1976, su familia fue una de las primeras en ser perseguida por las fuerzas militares. Sufrieron cuatro privaciones ilegítimas de libertad: dos de ellas durante la primera semana del gobierno dictatorial; la tercera mientras se desarrolló el Mundial de Fútbol en 1978, que fue la más grave ya que Marina tenía cinco meses y tuvo que quedar al cuidado de Alda Muñoz, conocida de la familia, durante los más de veinte días que estuvieron en cautiverio; y la última cuando Jorge Videla visitó San Martín de los Andes, en 1979.

“En la madrugada del 24 de marzo llegaron a casa para buscarme”, recuerda María. Sus hijos quedaron al cuidado de la empleada doméstica y a ella la llevaron a la Comisaría 23. A Eduardo lo detuvieron a las 9 de ese día mientras estaba trabajando con su cuñado en Junín de los Andes. Lo trasladaron hasta la misma comisaría en que estaba su esposa y donde en total había diez personas que habían sido detenidas durante esas primeras horas. Tras pasar dos días encerrados y sin recibir ninguna explicación, fueron liberados.

Luego de 48 horas, las fuerzas armadas los detuvieron por segunda ocasión. “Evidentemente era una persecución”, infiere Eduardo al rememorar esos turbulentos días y detalla: “tampoco nos explicaron nada esa segunda vez. Queríamos saber por qué estábamos detenidos y por eso hicimos una huelga de hambre”. A causa de esa medida, un oficial de alto rango se presentó en la comisaría y luego de cinco días fueron puestos en libertad.

En 1977 sufrieron un allanamiento por parte de Gendarmería en el que incautaron libros, discos y algunas armas de caza heredadas del abuelo de Eduardo.

La pareja coincide en catalogar la detención de 1978 como “la peor” de esos años. Es que fueron acusados de haber realizado un boicot al inicio de la transmisión del Mundial de Fútbol en esa región, cuando en realidad se había tratado de un desperfecto en el sistema eléctrico cordillerano. Marina, nacida el 14 de enero, tenía apenas cinco meses cuando esto sucedió.

Jorge Sacchitella, ex comandante de Gendarmería de Junín de los Andes, encabezaba el operativo que allanó la vivienda de la familia y que le “plantó” panfletos en el dormitorio. “Nos quieren joder”, cuenta Eduardo que gritaba cuando detectó la artimaña. En esa tercera detención atravesaron diferentes etapas: unos cinco días encerrados en el establecimiento de Gendarmería de San Martín de los Andes, una noche esposados a las camas de Gendarmería en Junín de los Andes y finalmente en la U9 en Neuquén capital, donde estuvieron alrededor de veinte días.

Eduardo recuerda con angustia ese último período: “yo estaba a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, que era casi como estar muerto porque en cualquier momento me iban a matar”. Durante el tiempo en que estuvieron en cautiverio Marina estuvo al cuidado Alda Muñoz, una conocida de la familia.

Vivieron un cierto período de paz hasta que una vez más fueron privados ilegalmente de la libertad en 1979, con motivo de la llegada del entonces presidente Jorge Videla. Ambos, junto a otras personas, fueron encerrados en Gendarmería de San Martín de los Andes por un par de días y sin obtener explicaciones.

A las continuas detenciones que sufrían, se le sumaba el cerco laboral que el gobierno dictatorial ejercía sobre ellos. “En 1979 consigo trabajar en una suplencia” consignó María y añadió: “en 1980, logro un interinato en marzo pero 15 días después me llega un telegrama de despido, porque ahí iban hijos y nietos de gendarmes, entre ellos Sacchitella”.

Eduardo había obtenido el concurso para trabajar en la cooperativa de viviendas del ejército pero solo le abonaron un adelanto y nunca le completaron el pago. María expresó que vivían “una situación horrible de exclusión” y remarcó que “la persecución implacable” los obligó a decidir irse al exilio a fines de 1980, con destino a México.

“Nos indujeron a ejercer una vida nefasta. Nos perseguían. A un socio mío lo obligaron a dejar de trabajar conmigo porque lo amenazaron con quitarle el trabajo”, comentó Eduardo y puntualizó: “hoy quería hablarles de mi vida y de lo que me hicieron; me quitaron todos mis derechos pero no me mataron, fue una cuasi muerte civil. Me presionaron hasta exiliarme y me robaron 37 años de patria. Además estoy con deterioro emocional porque tengo una familia que está fragmentada en varios países: Argentina, México y Canadá”.

“El exilio nunca termina, es continuo. Además, es algo que te transforma, que deja las vidas deshechas, familias desperdigadas”, concluyó María.

 

 

Esteban Idiarte #CoberturaColaborativa

Sindicato de Prensa de Neuquén

“Si yo estoy acá es porque Juan no está”

Miguel Ángel D´Agostino fue la última persona que vio con vida a Juan Marcos Herman.

Fue en 1977 en el centro clandestino Club Atlético, en la ciudad de Buenos Aires. Su testimonio reveló datos importantes sobre el derrotero que sufrió Herman desde su detención en Bariloche.

Flor Salto

 

Con un sistemático ejercicio de la memoria, D’Agostino comentó detalles sobre los casi 30 días de cautiverio que compartió con Herman. Su testimonio fue el último acerca del caso del barilochense y permitió conocer cómo fueron los días posteriores al secuestro.

D’Agostino fue detenido y secuestrado por un grupo de tareas la madrugada del sábado 2 de julio de 1977. Lo mantuvieron prisionero durante 91 días en el centro clandestino de detención y exterminio conocido como Club Atlético. Se trataba de las instalaciones del Servicio de Aprovisionamiento y Talleres de la División Administrativa de la Policía Federal. Allí estuvo en soledad encerrado en uno de los tantos “tubos” del subsuelo hasta el 18 de julio -estimativamente- cuando ingresaron a Juan Herman.

 

Florencia Salto

 

Cerca de un mes convivieron ambos en un habitáculo de 1,60 de ancho por 1,80 metros de largo y unos tres metros de alto. En ese diminuto espacio carecían de luz natural y artificial, permanecían ahí prácticamente todo el día y tenían prohibido hablar. Se comunicaban mediante susurros, luego de superada la mutua desconfianza inicial.

De aquellas horas, Miguel rememoró las charlas en las que Juan le hablaba de su familia, de sus experiencias y vivencias en la Patagonia, de sus gustos por las comidas que les ayudaban a olvidar la tortura alimenticia que allí sufrían. Sin embargo, aclaró que no hablaban de militancia política para que no los forzaran a dar información durante alguna tortura.

Además, le contó que fue trasladado encapuchado y esposado hasta allí en avión, con  dos escalas en lugares que desconocía. “Al no ver nada, no supo identificar si era un avión civil o militar, ni tampoco cuántas personas iban pero sí contaba que le hacían el chiste de que lo iban a arrojar al vacío”, acotó. Añadió que Juan no sabía a qué lugar lo habían llevado pero sí tenía certeza que antes de subirlo al avión lo habían retenido en un chalet en una zona cercana a Bariloche.

Tras un incesante buceo en su memoria, Miguel fue aportando otros detalles acerca de Juan, como la conformación de su familia y las tareas a las que se dedicaba cada uno, la residencia y estudios de la hermana en Buenos Aires, entre otros datos. Recordar todo ello le posibilitó poder ubicar a la familia Herman en Bariloche para transmitirle que “Juan había estado con vida en una celda como su compañero de cautiverio”.

En un traslado fue la última vez que D’Agostino vio a Juan. “Cuando eso sucedía, era saber que se abría una puerta a una nueva etapa” explicó. Dijo que “el peor sufrimiento de Juan era por su condición de judío” ya que había un grupo de guardias que se ensañaron especialmente con los detenidos que profesaban esa religión.

Miguel y Juan habían propuesto encontrarse en Buenos Aires los 9 de julio en la confitería El Molino al recuperar la libertad, pero Juan jamás acudió. Por eso para Miguel declarar en este juicio significó “una cita pendiente con Juan que lamentablemente no puedo ser físicamente y que algún día tenía que llegar”.

 

Florencia Salto

Testigo clave contra el horror

D’Agostino había sido “chupado” por la actividad militante que desarrolló en la Juventud Guevarista y era interrogado cada vez que llevaban a otros militantes jóvenes al Atlético. Descubrió que no estaban en la ESMA, ni en Campo de Mayo, ni en La Perla porque otros detenidos llegaban de esos lugares.

Después de ser abandonado frente a la puerta del Hospital Borda el 1 de octubre de 1977, comenzó a buscar el lugar donde había estado. Durante un año se dedicó a esta tarea y vio el proceso de demolición del edificio por la futura construcción de la autopista 25 de Mayo. En 1979 envió una carta a Europa contando en dónde había estado y lo que había vivido.

En 1984 denunció su secuestro y tortura ante la Conadep y comenzó a colaborar con el CELS. Por este motivo fue testigo clave del juicio a las Juntas en 1985. Desde ese momento y hasta la actualidad ha participado de ocho procesos judiciales en causas de lesa humanidad. En 2010 se realizó el juicio por los hechos cometidos en el Centro Clandestino de Detención y Tortura El Atlético y hubo condenas a los responsables por apremios ilegales y tormentos.

 

Esteban Idiarte/ #CoberturaColaborativa del SPN

23 de julio de 2019

PH Florencia Salto

 

“Estaban armados hasta los dientes”

Lorenzo Luis Lahitte, junto con Matilde y Juan, los padres de Juan Marcos Herman, fueron los únicos que presenciaron el preciso momento en que entre cuatro o cinco sujetos lo secuestraron del seno de su casa.  Compartían los estudios de abogacía en la Capital Federal y había venido a pasear en época de vacaciones a Bariloche, invitado por su compañero.

Por video conferencia declaró desde Buenos Aires que con Juan habían ido a una peña, donde apenas estuvieron un  rato porque Juan había olvidado sus cigarrillos y decidieron volver a buscarlos.

Florencia Salto

 

“Cuando llegamos nos estaban esperando. Había un Peugeot 504, clarito. Al entrar me pegaron dos o tres golpes y me pusieron mirando a la pared. Uno preguntó quién era Juan Carlos Herman. Matilde lo corrigió y precisó que era Juan Marcos, y se lo llevaron. Serían unos cuatro, estaban armados hasta los dientes, eran armas largas”, relató Lahitte.

Dijo no recordar si dijeron a qué arma pertenecían y que no vio -ya que desde que entraron lo pusieron contra la pared- si golpearon a los padres del joven, que presenciaron todo el acto.

Señaló que luego del hecho se quedó tres o cuatro días en Bariloche porque tenía pasaje de regreso, y que en ese tiempo, junto con Herman padre y Horacio fueron a varios lugares procurando información sobre el paradero de Juan, sin resultado.

Comentó que no volvió a tener contacto con los Herman y que recién volvió a Bariloche quince años después, para saludar a Matilde. Herman padre ya había fallecido.

Indicó que tuvo la presunción de que cuando llegó con Juan, los desconocidos -se trataría de efectivos de la Policía Federal- ya había revisado la vivienda y que ignoraba si habían hallado algo en particular.

“Cuando Juan dobla a la calle Frey dijo ‘che ¿y esos autos?’. Frenó y entramos, me dio la sensación que le llamaron la atención los autos”, añadió.

Agregó que Juan se sentía cómodo en Buenos Aires y que le contaba cosas de su familia y de El Bolsón, donde tenían una quinta.

 

Néstor Mathus /#CoberturaColaborativa del SPN

23 de julio de 2019

Los aportes a la verdad del documental de Echeverría

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“Juan, como si nada hubiera sucedido” se puede encontrar en www.cinemargentino.com y también en www.octubretv.com.ar

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#CoberturaColaborativa del SPN

Sindicato de Prensa de Neuquén

23 de julio de 2019

El amigo colimba

Florencia Salto

Las madres acompañaron los testimonios aun desde la videoteleconferencia

En el momento del secuestro de Juan Marcos Herman, Eduardo Luis Arroyo, amigo de la secundaria y de la primera experiencia de universitario del estudiante de abogacía desaparecido en Bahía Blanca, cumplía el servicio militar en Bariloche. Compartió hasta las últimas horas con la víctima en charlas con otras personas.

“Cuando se llevaron a Juan, ‘Chacho’ Lahitte me llamó a mi casa y me contó lo que acababa de suceder. Al principio no podía entender qué pasaba hasta que medianamente me lo explicó mejor. Me pidió que fuera a la casa de los Herman, pero opté por presentarme en el regimiento”, relató a los jueces.

Destacó que relató la situación a sus jefes y pidió autorización para volver a su casa, en el marco de una situación de extrema confusión y temores. “Llegaron Juan Herman padre y ‘Chacho’ para preguntarme qué sabía yo de lo ocurrido. Les dije que nada. Don Juan pensaba que yo había entregado a su hijo. Naturalmente le dije que era ajeno a todo”, dijo, en un relato que debió interrumpir por la emoción.

En la jornada previa, Horacio Herman -hermano de Juan Marcos- dijo que Arroyo había expresado su temor de que él podía ser también blanco de una detención, sacándolo de un escenario de cualquier sospecha que, probablemente producto de la consternación, había deslizado Herman padre.

Consultado por las partes, el testigo dijo desconocer si la víctima tenía algún tipo de militancia política durante el poco tiempo que como universitarios compartieron en Bahía Blanca. Al margen del distanciamiento que se produjo con Juan, en tanto éste pasó a vivir en Buenos Aires, Arroyo dijo que mantuvo su amistad con el primero.

Dio otros detalles en los que comentó el clima de profundo temor e impotencia que debió soportar en torno al secuestro y desaparición de Herman, a partir de la amistad entre ambos y el hecho circunstancial de que se produjera estando él en situación de conscripto.

 

Néstor Mathus/ #CoberturaColaborativa del Sindicato de Prensa de Neuquén

22 de julio 2019

PH Florencia Salto

¿Quién es o quién era Juan Herman?

Es la pregunta que Horacio Héctor Herman busca responderse desde el secuestro y la desaparición de Juan, su hermano mayor, en julio de 1977. Admitió que por el tiempo transcurrido debe aceptar que su hermano falleció pero que “a veces o siempre no tengo certeza y es un constante conflicto”.

Oscar Livera

Horacio Herman, su testimonio en el sexto juicio

Juan Marcos Herman nació en El Bolsón, pero por el oficio de su padre médico se mudaron a Bariloche y allí se crió y vivió hasta terminar el colegio secundario. Finalizó a los 16 años y se fue a estudiar ingeniería electrónica a Bahía Blanca. Estuvo poco más de un año en la localidad bonaerense y en su corta experiencia como estudiante universitario tuvo participación como independiente en una agrupación trotskista. Luego volvió a Bariloche y junto con otros compañeros decidieron irse a Buenos Aires a estudiar abogacía en 1974. En ese entonces participó un tiempo de actividades estudiantiles y políticas dentro de la Juventud Universitaria Peronista, pero al momento de su secuestro estaba alejado de la militancia.

Por su caso prestaron declaración Horacio Herman, su hermano menor; Mónica Montaña, vecina de la familia Herman; y Mónica Elvira, vecina de Bariloche y hermana de un amigo de Juan, las últimas dos a través de una videoconferencia desde Bariloche. Luis Arroyo, quien había sido amigo de Juan, dio su testimonio al igual que Carlos Echeverría, director del documental “Juan, como si nada hubiera sucedido” (1987) sobre la desaparición de Juan Herman, en el que entrevista a familiares, vecinos y algunos miembros de las fuerzas armadas. También declaró por videoconferencia, desde el Consulado de París, Esteban Buch, quien participó del documental como entrevistador, ya que en esos años era periodista del diario Río Negro.

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Herman fue detenido la madrugada del 16 de julio de 1977 en la casa de sus padres en Bariloche, cuando tenía 22 años y había ido de visita por el receso invernal junto con otro compañero de carrera. Horacio Herman contó que su padre lo fue a buscar a un boliche para decirle que se habían llevado a Juan Marcos y fue un amigo de él quien se lo comunicó.

Sus padres le comentaron que estaban en casa y cuando escucharon el timbre o un ruido su madre fue a abrir la puerta. Le apuntaron y preguntaban por Juan Carlos. El padre les dijo que ahí no vivía nadie con ese nombre, pero se quedaron alrededor de dos horas esperando a que vuelva Juan Marcos. Cuando volvió lo revisaron, buscaban armas y le preguntaban si tenía “la pastilla”, pero él decía que no tenía ninguna.

Se lo llevaron y le dijeron a sus padres que le iban a hacer preguntas y lo devolvían. Sin embargo, nunca más lo volvieron a ver. En este episodio revisaron su casa y en un armario de tres puertas encontraron unos panfletos y dijeron “esto es lo que estábamos buscando”. Una de las siete personas que participaron del operativo dijo “¡uy! otra vez caza de brujas”.

Luego del secuestro, sus padres iniciaron averiguaciones con la policía, se entrevistaron con miembros del ejército como Castelli y Zárraga, presentaron Habeas Corpus y mantuvieron reuniones con obispos. En una oportunidad, un militar amigo de la secretaria del intendente de Pehuajó le que su hijo estaba bien y que saldría pronto porque no estaba comprometido. Sin embargo, cuatro meses después, la misma persona lo citó y le confirmó que su hijo había sido fusilado en una comisaría del Gran Buenos Aires.

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Tiempo después compareció Miguel Ángel D’agostino, quien aseguró que estuvo con Juan en el centro clandestino “El Atlético” de Buenos Aires. Pudo probar que su relato era verdad ya que contaba datos íntimos de la familia y de la infancia de los hermanos Herman. Sobre los momentos vividos allí contó que Juan era constantemente torturado por su apellido judío y que las personas que lo hacía eran “fielmente antisemitas”.

En 2010 se juzgó la desaparición de Herman de ese centro clandestino de detención, por el que hubo dos personas declaradas culpables de aplicarle tormentos y torturas. Al ser consultado por la situación familiar posterior al secuestro de su hermano Juan, Horacio se quebró y dijo que “fue terrible”. Y agregó: “Yo me acostaba y pensaba que era un sueño, que al otro día me despertaba y Juan había vuelto”.

Jovenes por la Memoria

Concluyó asegurando estar donde debía estar (por la instancia de juicio) ya que sus padres no podían hacerlo. Y recordó que cada 24 de marzo en Bariloche sentía que “no podía pedir justicia” porque “no estaba haciendo todo lo que tenía que hacer para esclarecer lo que pasó con Juan” y decidió que, independientemente del resultado. tenía que hacer algo. Finalmente aseveró: “yo quisiera que las personas que ordenaron el secuestro, torturaron, trasladaron, dieron la orden y mataron a Juan sean juzgados y tengan la condena que merecen”.

 

Rocío Morales /Jóvenes por la Memoria

#CoberturaColaborativa del SPN

PH Oscar Livera

PH Jovenes por la Memoria

Intensa reapertura de las audiencias

En las vacaciones de invierno de 1977 un grupo de tareas se llevó a Juan Marcos Herman de la casa de sus padres. Cuatro décadas después, los jueces preguntaron cómo ocurrió, y en el banquillo de los acusados, los presuntos responsables se veían a través de una pantalla de televisión.

 

Oscar Livera

Las Madres en la reapertura de las audiencias julio 2019

Son ocho acusados, de los cuales siete fueron imputados por el secuestro del universitario de Bariloche.
La audiencia -42 años después de los hechos- se llevó a cabo en el Salón de AMUC tras el receso judicial de julio y marcó la reapertura del sexto juicio por delitos de lesa humanidad en Neuquén.
Fue una jornada extensa, intensa y de muchos detalles respecto al secuestro de Juan Herman, que permanece desaparecido.

Desde las 9 y hasta las 15, de corrido, se ventiló cómo los militares se llevaron el 16 de julio a un joven de 22 años que primero probó suerte  en la Universidad de Bahía Blanca, pero que luego comenzó a estudiar derecho en Buenos Aires.

“Quería ser laboralista”, dijo el cineasta Carlos Echeverría, en uno de los últimos testimonios de la jornada. El declarante es autor de del documental “Juan, como si nada hubiera ocurrido”, del que se habló durante toda la jornada del juicio.

El trabajo fue citado por la vecina Mónica Elvira, que detalló lo que supo cuando se llevaron a Juan Marcos Herman de la casa de sus padres y aportó datos de los secuestradores. Por video conferencia habló el periodista de Río Negro -actualmente radicado en París- Esteban Buch, que entrevistó al general Néstor Castelli como al entonces coronel de inteligencia Fernando Zárraga (dos de los acusados en este juicio) y a otros militares en actividad en 1985 cuando se producía el rodaje la película.

El hermano de Juan Marcos, Horacio Herman, abrió el debate con un detallado relato de las gestiones de sus padres en la búsqueda de su hermano y se escuchó también el testimonio de Eduardo Arroyo, compañero de Juan tanto en el colegio secundario como en la universidad.

Las audiencias continúan el 23 en una jornada en la que se conocerían más detalles del cautiverio de Herman en el centro clandestino “El Atlético”.

Oscar Livera

Tribunal juzgador del sexto juicio “La Escuelita”

El tribunal está está compuesto por Orlando Coscia -presidente- Alejandro Cabral y Alejandro Silva. La fiscalía la ejerce el fiscal general Miguel Ángel Palazzani con la fiscal adjunta Jorgelina D’Alesandro. Las querellas del Ceprodh (Natalia Hormazábal y Mariana Derni) y de la APDH (Bruno Vadalá) integran la acusación.
En tanto, Gabriela Labat y Pedro Pugliese son los defensores oficiales de los imputados militares y del gendarme.
Están procesados por torturas y privación ilegítima de la libertad agravada por su condición de presos políticos los militares Néstor Castelli, Fernando Zárraga, Oscar Lorenzo Reinhold, Jorge Molina Ezcurra, Jorge Di Pasquale, Sergio San Martín, Carlos Benavídez y el comandante de gendarmería Emilio Sachitella.

 

Shirley Herreros / #CoberturaColaborativa SPN

Sindicato de Prensa de Neuquén #coberturacolaborativa

PH Oscar Livera

“Mi raíz fue cortada”

El relato de Marina Ubaldini, hija de Eduardo Ubaldini y María del Luján Gómez, fue uno de los más conmovedores de la segunda jornada de testimoniales del sexto tramo del juicio La Escuelita. Stella Maris Solanas, amiga de la familia y también víctima de secuestro, declaró para sumar detalles a la reconstrucción de estos hechos.

En las palabras de Marina Ubaldini se perciben una mixtura de dialectos. Son huellas de una niñez atravesada por diferentes culturas y experiencias que fueron conformando su modo de hablar y otros aspectos de su vida. “Tengo dos patrias, familia en todos lados. Tanto acá como en México me preguntan por mi acento, les llama la atención”, explica ante el Tribunal Federal Oral 1 de Neuquén y destaca con pesar: “no soy de acá ni de allá”.

Ella nació el 14 de enero de 1978 en San Martín de los Andes, es hija de Eduardo Ubaldini y María del Luján Gómez. Por la persecución política y el cerco económico al que los sometió la dictadura militar, debieron exiliarse en 1980 y el destino elegido fue México.

 

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Desde su infancia fue mamando historias y anécdotas de sus padres acerca de su pasado en suelo argentino y su reclusión en el exterior. “A los siete u ocho años yo ya sabía que el ejército nos había corrido”, dijo. Con el paso del tiempo y siendo más grande, su interés por conocer la verdad sobre lo que sufrió su familia se intensificó. “Me interesé y pregunté porque se trataba de mi raíz, de lo que pasó en mis primeros años de vida”, contó entre sollozos Marina.

El 24 de marzo de 1976 Ubaldini, Gómez y Solanas fueron los primeros detenidos junto con otras personas de localidades cordilleranas que los militares ya tenían “marcados”. Ni en ese momento ni cuando fueron liberados obtuvieron alguna explicación.

Dos años después, durante el desarrollo del Mundial de Fútbol, el matrimonio es nuevamente apresado por las fuerzas militares y esa vez con mayor violencia. “Entraron un día al mediodía, según me contó mi papá y a patadas derribaron la puerta. Revisaron toda la casa y plantaron panfletos para inculpar a mis padres del supuesto corte de transmisión de un partido de fútbol, ocurrido en San Martín de los Andes”, recordó Marina.

“Sacchitella es el apellido que siempre está presente en los relatos que he escuchado” enfatiza y añadió: “era un militar (por el gendarme Emilio Sacchitella, a cargo del Escuadrón de Gendarmería de la zona) que vivía en Junín de los Andes pero que iba a hacer operativos en San Martín de los Andes”. Una vez detenidos, los amenaza con que debían deshacerse de Marina o la llevarían al hospital. Finalmente, familiares y amigos cercanos se encargaron de ella.

Eduardo y María del Luján son esposados y trasladados a Junín de los Andes para luego terminar en Neuquén. El calvario dura 20 días en los que continúan con esposas sujetos a una cama, sin poder moverse y sin que les expliquen los motivos de la detención. Después de ese período los llevan nuevamente Junín de los Andes, donde son liberados.

“En 1979 otra vez detuvieron a mi papá con motivo de la visita de Jorge Rafael Videla a San Martín de los Andes”, recordó Marina y agregó: “Sacchitella le advierte que irían a ‘visitarlo’ a la casa y que esperaban ‘no encontrar nada’”. A finales del mismo año, a María del Luján le permiten volver a trabajar en la escuela donde había dado clases. Pero pasado un par de semanas la despiden ya que en su grupo había hijos y nietos de altos mandos militares y estos no la querían en el aula.

“Mi raíz fue cortada de tajo y había algo en mí que debía sanar”

Si bien había vuelto a Argentina en varias ocasiones de vacaciones, en 2011 le toca a ella, acompañada por su pareja, tomar una decisión que cambiaría su vida: emprender el retorno definitivo al suelo natal. De profesión bióloga, consiguió trabajo en el ministerio de Educación de Nación y pudo radicarse al año siguiente en San Martín. Actualmente trabaja con maternidad y primera infancia.

“Es horrible sentirse sin patria, sin raíz. Yo vine a vivir a Argentina para poder lograr una reparación personal, una sanación de mi raíz. Vine a ser mamá también. Eso y mi trabajo me han ayudado. Este testimonio fue el primer paso y, además, es un aporte para todas las causas de delitos de lesa humanidad que hay en el país”, concluyó Marina Ubaldini su relato.

Oscar Livera

Los organismos de Derechos Humanos participan de las extensas jornadas de testimonios en cada audiencia

Previo al testimonio de Marina, por videoconferencia desde San Martín de los Andes, declaró Stella Maris Solanas, una arquitecta que vivió la primera detención de los Ubaldini. Stella Maris era parte del grupo de amigos de la pareja y fue testigo de la persecución del matrimonio desde el golpe de estado de 1976 hasta que decidieron exiliarse en México.

Stella Maris detalló que Eduardo se desempeñaba como agrimensor y María del Luján como docente en San Martín de los Andes. Él había militado en el Partido Comunista en Bahía Blanca durante su juventud y ella había participado en alfabetización para adultos, pero ya en la ciudad lacustre no pertenecían a ninguna agrupación política. Eran personas que “tenían ideas similares acerca de la existencia de un estado benefactor y de la repartición de riquezas”, declaró.

Tanto ella como Marina, detallaron sobre las detenciones sufridas por el matrimonio Ubaldini e incluso Stella Maris especificó sobre las oportunidades en que fue detenida junto a ellos, así como los allanamientos sufridos por parte de las fuerzas armadas.

Eduardo había hecho trabajos de agrimensura para el ejército que nunca le pagaron y además no le permitían acceder a concursos que había ganado por su profesión. Perseguidos, la familia Ubaldini-Gómez tomó una decisión drástica para asegurar su futuro: el exilio. “Se vieron cercados laboralmente” confirmó Stella Maris y Marina puntualizó: “mi familia fue la única que tuvo que exiliarse de San Martín de los Andes por la persecución y detención por parte del ejército”.

Continúa la reconstrucción

El 22 y 23 de julio se reanudarán las audiencias. El 29 de ese mes está previsto que den su testimonio Eduardo Ubaldini y María del Luján Gómez. Por el mismo caso declararán como testigos Rodolfo Gómez y Luis Arrué a través de videoconferencia desde San Martín de los Andes. Mediante ese mismo sistema, el martes 30 será el turno de Aída Elsa Muñoz y Norberto Stochetti

 

Rocío Morales – Esteban Idiarte/ #Cobertura Colaborativa SPN

PJ Oscar Livera

 

“Hubo genocidio, yo lo puedo contar, a otros los mataron”

Con poco más de 20 años, Oscar Martín Olivera era el concejal más joven de General Roca. Ejercía como delegado gremial en un galpón de empaque y era activo militante del Partido Justicialista. El 24 de marzo de 1976, día del golpe militar encabezado por el dictador Jorge Rafael Videla, el flamante interventor municipal, el coronel Fernando Marcelo Zárraga, oriundo de la ciudad, citó a los miembros del Poder Ejecutivo local y a los ediles de extracción peronista.

Foto de Virginia Pirola

“Yo espero que lo condenen, fue un represor. La casa de mis padres en Médanos la reventó el V Cuerpo, cómo ocurrió eso”, se preguntó Olivera, en referencia a la conexión del coronel con los mandos represivos.

“Así como se iban presentando, Zárraga ordenó sus detenciones. Todos fueron, yo no, me fui a trabajar al galpón, porque aún siendo concejal no dejé mi trabajo habitual. A los dos o tres días me fueron a buscar. Dos hombres de civil me detuvieron, llevándome primero a la comisaría y de allí a la cárcel, donde estuve casi ocho meses”, relató en su declaración ante el tribunal.

Señaló que antes de interrogarlo lo golpearon, pero remarcó particularmente el acoso psicológico al que fue sometido. Narró que uno de los dos hombres que lo detuvieron intentaron llevarlo caminando, esposado, del galpón Valle Fértil a la comisaría por el centro de la ciudad, pero que su jefe, José Said, no lo permitió y facilitó su auto para que lo trasladaran.

“Uno de los que me detuvieron todavía anda caminando las calles de Roca. No fue una simple detención, deben observarse las consecuencias. Yo perdí todo, tuve que empezar de nuevo. Acá hubo genocidio, yo lo puedo contar, muchos no…”, remarcó.

Para demostrar el impacto de las detenciones y el daño que provocaban, contó que estando en la cárcel falleció su padre y una de sus hermanas lo responsabilizó de ese desenlace. “Nunca entendí el porqué de ese reproche. Hace 45 días, después de 40 años, otra hermana me lo explicó: por mi detención allanaron la casa paterna, en Médanos, (provincia de Buenos Aires) y mi padre, un humilde empleado municipal que crió doce hijos, nunca pudo superar ese hecho”, indicó sin poder evitar la emoción.

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La noticia de su detención salió en las radios de Bahía Blanca y en el diario La Nueva Provincia, dijo.

Añadió: “El daño que hicieron fue irreparable y, en mi caso, las secuelas siguen vivas. Cada vez que afronto estas situaciones me provoca un decaimiento de mi salud. Este juicio me sirve para blanquear mi persona”.

Dijo que todo el tiempo de detención estuvo a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN).

Olivera marcó claramente que para él la represión se centró en los dirigentes y militantes peronistas. Comentó que ningún concejal radical fue citado por Zárraga y que éstos eran quienes los iban a visitar a la cárcel.

Sostuvo que nunca pudieron justificar su detención ni la de sus pares. “Nosotros no hicimos nada malo, no robamos, no matamos. Nos inventaron causas pero eran sin fundamento. A mi me hicieron una por una bolsa de papas”, dijo.

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También declaró Rubén Benedicto Meneses, quien era compañero de trabajo de Olivera en la cooperativa Valle Fértil y fue el encargado de conducir el auto de Said en el traslado de éste a la comisaría. Su dichos fueron en línea con el relato conocido de los hechos.

Néstor Mathus/#CoberturaColaborativa SPN

PH Virginia Pirola – Oscar Livera

Mochileros en Bariloche detenidos por sospechosos

Ernesto Hugo Sifredi, actualmente jubilado de su profesión de ingeniero mecánico, junto con Daniel Milocco, Vicente Iantorno y otro joven cordobés, fue detenido en 1977 por un numeroso grupo de militares fuertemente armados mientras descansaba a orillas del lago Nahuel Huapi, en Bariloche, adonde había llegado de paseo como mochilero.

Permaneció ilegalmente detenido en la clandestinidad desde los primeros días de enero hasta el 2 de febrero de ese año, tras pasar por dos lugares en Bariloche -uno sería la Escuela de Instrucción Andina (EIA)-, la Unidad 9 de Neuquén y el centro clandestino de detención La Escuelita, que funcionó en el Batallón de la ruta 22.

Desde Quilmes, Buenos Aires, donde reside, Sifredi declaró que un militar del que no supo el nombre pero que luego se confirmaría era Contreras Santillán, finalmente le dijo que quedaba libre y que su detención se había debido a una equivocación .

No sólo sufrió el maltrato físico -lo mantuvieron en la clandestinidad en las peores condiciones, sometido al frío, hambre, falta de higiene-, y psíquico –lo amenazaron de muerte, escuchó gritos de tortura- sino que como producto de ese traumático episodio dijo que también sufrió “el estigma social porque nadie me creía”.

“Soldados apuntándonos nos llevaron a la EIA, donde nos tuvieron tres días; nos acusaban de guerrilleros, fascinerosos, traficantes de droga. Al muchacho de Córdoba le habían encontrado un cigarrillo de marihuana. A él lo liberaron, a Milocco, Iantorno y a mi, no. A Milocco y Iantorno les dijeron que yo tenía un hermano guerrillero y yo no tengo hermanos… Ahí nos dimos cuenta de que se trataba de otra cosa”, contó a través de video conferencia.

“A la semana vino un subteniente Poggi, de mi edad, con la orden de que nos mataran si intentábamos irnos. De ahí nos llevaron a la U9 de Neuquén, nos pusieron en calabozos separados y nos dijeron que estábamos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN)”, relató Sifredi.

Añadió que “nos metieron en una ambulancia que comenzó a andar con la sirena encendida y así estuvo como veinte minutos, dio varias vueltas y nos llevaron, vendados y esposados, a lo que creímos era un cuartel. Me interrogaron sobre cosas inventadas, agrupaciones guerrilleras, amenazas a un rector. Varios interrogaban. Un soldado me dejaba sentar”.

Tras ese episodio los regresaron a la U9. Recién cuando hablaron con otros detenidos, entre ellos el médico Enrique Teixido y Oscar Paillalef, ambos de General Roca, que ya declararon en juicios anteriores, se enteraron que los habían tenido en La Escuelita.

El militar que los liberó, ante su pedido, le extendió un certificado con su sello y firma de la detención.

Néstor R.Mathus/ #CoberturaColaborativa del SPN

 

El periodismo neuquino que reclamó la aparición con vida

“Peleo de muy raro modo, buscando no decir nada… poder expresarlo todo”. Con el verso de Daniel Giribaldi que él recordaba a través del canto de Jorge Marziali, el periodista Osvaldo Ortiz graficó la forma en que redactaban las noticias en los años de la dictadura cívico-militar en Neuquén y Río Negro.

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Su voz fue la que cerró la primera jornada de declaraciones testimoniales, durante el sexto tramo de los juicios en los que se investigan los delitos de lesa humanidad cometidos en la región, y relató lo que le tocó vivir junto a María Teresa Oliva y Enrique Esteban, ambos detenidos-desaparecidos en 1978.

Ortiz llegó a Neuquén desde su Mendoza natal en 1976, donde ya ejercía como trabajador de prensa. “Nos vinimos porque en esos años era muy duro trabajar en los medios de las ciudades grandes, se hacía difícil”, recordó. A partir del 1 de noviembre de ese año se insertó en el Diario Río Negro. Ortiz y su esposa eran amigos de la pareja Oliva-Esteban y una noche a fines de julio de 1978 fueron juntos al casamiento de un colega. Luego estuvieron “tomando algo” en una confitería céntrica y, finalmente, se fueron a descansar.

“Al otro día me enteré que a Maite -así le decían a Oliva- y a Enrique los habían secuestrado de su casa en Alta Barda. A ella la liberaron rápido, en Villa Regina -localidad ubicada a 90 kilómetros de Neuquén capital-, pero Enrique no aparecía”, dijo Ortiz ante el tribunal.

A partir de ese momento, sostuvo, “nos propusimos preguntar por Enrique todos los días. Nos organizamos los que trabajábamos en los medios, nos reuníamos, hablábamos del tema e íbamos a ver al que sea para saber si tenían información, incluso dimos a conocer el caso tanto por el Diario Río Negro como en Clarín”. De éste último era corresponsal Esteban, quien además se desempeñaba en el diario Sur Argentino.

“Quiero destacar que los dos medios nos publicaban lo que escribíamos y nosotros preguntábamos aunque ya sabíamos la respuesta. Además, a colegas de otros puntos del país les pedimos que consultaran por Enrique cada vez que se cruzaran con un funcionario o una autoridad”, relató.

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Y agregó: “incluso le solicitamos al Monseñor De Nevares que lo nombrara en su homilía de los domingos, que salía en directo por LU 5 Radio Neuquén”.

Enrique Esteban apareció tres meses más tarde en el baúl de su auto en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. “Cuando volvió estaba muy mal, no sólo por la tortura física, lo peor era lo que sufrió psicológicamente”, sostuvo Ortiz.

 

Marcelo Pérez Lizaso / #CoberturaColaborativa SPN

 

Sobreviviente

En noviembre de 1976 Cristina Parente fue secuestrada por la Policía Federal, torturada y liberada tiempo después en la puerta de la misma comisaría donde se la retuvo. Tuvo que abandonar Neuquén al día siguiente bajo amenaza de muerte y regresar a su Punta Alta Natal. Sin embargo, fue nuevamente capturada en un mega operativo por la policía bonaerense en La Plata. El martes 18, por primera vez, contó su historia de secuestro, tortura y persecución ante un tribunal federal en el marco de los juicios por delitos de lesa humanidad.

Oscar Livera

El público permaneció conmosionado durante el testimonio de la periodista

María Cristina Parente era de Punta Alta, Buenos Aires. Estudió periodismo en La Plata. Había sido compañera en la facultad de Jorge Enrique Esteban y de María Teresa Oliva (ambos secuestrados y liberados en 1978). Además era militante de la Federación de Agrupaciones Eva Perón (FAEP).

Por recomendación de sus amistades, migró a Neuquén capital a principios de 1975, donde consiguió trabajo como prensa de la Gobernación por la mañana y de la Universidad Nacional del Comahue en la tarde. Cristina lo recuerda como su mejor tiempo, en el que tenía amigos y futuro en la profesión. Tenía veinte años.

En marzo de 1976, con el gobierno neuquino intervenido por las FFAA, la obligaron a renunciar a su trabajo en Gobernación, lo que la obligó a mudarse a una pensión. Ahí compartió habitación con una joven de nacionalidad chilena que apenas veía y de quien aseguró nunca saber su nombre.

En noviembre de ese año, al volver de vacaciones, pasó por su casa a dejar un bolso para dirigirse directamente a su trabajo en la UNCo. Si bien le extrañó encontrar las luces apagadas, la urgencia por reintegrarse a sus tareas le impidió detenerse mucho tiempo. “Llegué a la oficina y el guardia de la universidad, un muchacho con el que siempre charlábamos, me dijo que la Policía Federal tenía unas preguntas. Que era un trámite”, recordó Parente. El guardia la acompañó hasta la sede policial, donde fue detenida en una oficina.

 

El tribunal permitió que Maite Oliva acompañara el momento del testimonio de Parente

El tribunal permitió que Maite Oliva acompañara el momento del testimonio de Parente

 

En un tiempo que le es imposible determinar, aparecieron dos efectivos a los que Cristina recordó haber visto un par de veces en el balneario de Neuquén, durante salidas con amigas. Ahí se enteró de la razón de su detención: habían allanado su habitación y decían haber encontrado material “subversivo”. Los secuestradores sostuvieron que su compañera de pensión había sido reconocida como militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) de Chile. Además le decían que ésta última se había fugado y supusieron que ella también lo había hecho con la excusa de unas vacaciones.

En ese momento empezaron las torturas: “Me atan a una silla. Brazos para atrás y cada pierna a una pata. Me ponen una cinta en la cabeza y dos cosas en las sienes. Me enchufaron a 220. Cuando uno es electrocutado, todo el cuerpo se arquea hacia adelante. Lo único que me sostenía era estar atada a las patas de una silla”, expresó Cristina en un relato entrecortado. Los picaneos eran interrumpidos para preguntar y repreguntar sobre el origen del material encontrado en la habitación. Parente describió una sucesión de desmayos continuos hasta que finalmente despertó para encontrarse sola en la habitación, amarrada todavía a la silla.

Los torturadores regresaron y pusieron frente a su cara un revólver al que previamente le habían dejado una sola bala. “Ahora vamos a jugar a una cosa”, dijeron sus captores. Por cada pregunta sin la respuesta esperada, el percutor golpeaba una cámara vacía, volvía a girar el tambor y empezaban de nuevo. Por cada gatillazo en falso, Cristina caía al suelo en pleno desvanecimiento. Siempre le preguntaban por “la chilena”, su nombre y paradero. La respuesta era siempre la misma: “no sé”. Entonces volvía a ser golpeada y levantada de los pelos para repetir el proceso.

En la delegación de la Policía Federal los torturadores la alzaron una última vez para meter su cabeza dentro de un recipiente con agua, haciendo presión hacia abajo para que no salga, una práctica conocida como “submarino”. Cuando se cansaron la dejaron tirada en el suelo. Parente se arrastró hasta el escritorio y perdió el conocimiento. No recuerda la cantidad de veces que la patota volvía para interrogarla y torturarla, solo le quedó muy presente la risa que les provocaba todo el proceso.

“Una noche me dicen ‘preparate que hay una luna hermosa para los enamorados’. Me subieron al baúl de un auto. Anduvo mucho. Después de un tiempo sobre el ripio se detuvieron”,  continuó su relato. En ese momento escuchó, siempre desde dentro del baúl, una conversación con otras personas. “Te traemos un paquete”, a lo que la otra persona respondió “acá no hay lugar, tírenlo al río”. Por las descripciones de Cristina se cree que ese lugar se trataba del centro clandestino de detención La Escuelita.

Sin embargo, regresaron a la Federal y la liberaron bajo la amenaza de que si no se iba de Neuquén en 24 horas iba a ser asesinada.

Cristina se dirigió a la casa de Esteban y Oliva, quienes le brindaron ropa, ya que no se había cambiado desde el día de su secuestro. Luego de ducharse, le trajeron las pocas cosas que sus secuestradores le habían dejado en su departamento (le habían robado todo durante el procedimiento) y un pasaje para volver a Punta Alta.

En la terminal de colectivos Esteban la despidió con el pedido: que no dijera nada a su padre para no comprometer a nadie más y la promesa de continuar acompañándola.

“En algunos cortes (del interrogatorio) ponían la radio muy fuerte. Escuchaba que el sindicato de prensa de Neuquén pedía por mi libertad. Creo que eso me salvó la vida”, reflexionó Cristina.

Esteban Idiarte

Cristina Parente y Maite Oliva habían sido compañeras de estudio (periodismo) en La Plata

 

Detenida en Punta Alta

Cristina hizo caso a la recomendación de Esteban y guardó silencio. En aquel tiempo la Base Naval de Punta Alta abrió concurso para cubrir un cargo administrativo. Por insistencia de su familia, y ante la necesidad de trabajar, se inscribió con la esperanza de quedar fuera de orden de mérito. Cristina aprobó el examen y empezó a trabajar para las mismas personas a las que temía.

Duró poco. “Un día vino un teniente y me dijo que me echaban porque no era una persona confiable para la armada. Volví a casa y ahí se enteraron lo de Neuquén”, expresó Parente frente al tribunal en referencia al secuestro y la acusación de subversiva.

Su padre la obligó a regresar a una intervenida Universidad de La Plata a buscar su título de periodista para mejorar sus perspectivas laborales. Cristina lo describió como un hombre muy duro y exigente que recurría a los golpes si no se le obedecía. A sabiendas que era muy posible un nuevo encuentro con efectivos de las fuerzas armadas, decidió obedecer y marchó a la capital bonaerense.

El trámite nunca se concretó. Cuando llegó al rectorado le anunciaron que ya era tarde. Esperó dos días y lo fue a buscar una segunda vez. Esta vez sí estaba a tiempo pero le quisieron cobrar la entrega del cartón. Cristina estaba convencida que pasara lo que pasara no le iban a robar de nuevo. Con la plata justa se volvió a Punta Alta.

Con un pie arriba del colectivo alguien la tiró de los hombros hacia atrás. Gritos, corridas, calle cortada. Un grupo de tareas de alrededor de cincuenta personas que salieron de todos lados. Fue subida a un auto y llevada ante una médica para que la revise. Estaban buscando pastillas de cianuro. Nuevamente, sin entender el porqué, Cristina Parente era detenida por las fuerzas armadas.

No era novedad que informantes del sistema represor deambulaban en los ámbitos académicos. Alguien le dijo que había sido marcada como amante y correo en el sur de Mario Firmenich, fundador de Montoneros.

Primera jornada de testimonios

Primera jornada de testimonios

“Yo a Firmenich no lo conozco”, enfatizó Parente y agregó: “como vieron que no tenía armas ni nada en el bolso me hicieron esperar hasta que lleguen las pruebas. No me torturaron. Me interrogaron. Me dejaron vendada todo el tiempo y de noche dormía en un pasillito, porque la celda estaba ocupada por un par de presos políticos. Uno de ellos era médico, me cantaba canciones de Serrat para que me duerma”.

Todo fue padecimiento a la espera de las supuestas evidencias. Temía que hasta llegaran con pruebas falsas de la acusación que fue excusa para el secuestro. La angustia le provocó una inapetencia que la llevó a quedar famélica. La comida era traída por mujeres del batallón contiguo. Fue en una de esas rondas que bajo la venda pudor reconocer la pollera de la policía bonaerense.

Las pruebas nunca llegaron. El médico interpelaba a los carceleros mientras la secuestrada vivía un calvario. Al día siguiente les comunicaron que el lugar iba a ser desocupado. Parente y el muchacho serían liberados, decían. La otra chica que sostenían que estaba implicada en un operativo del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) donde murieron tres policías, permanecería en cautiverio.

Cristina tenía que ser asistida para movilizarse. En uno de los trayectos al baño, su acompañante la sentó bruscamente en las rodillas. “¿Así que te vas? Vení que te voy a extrañar” decía al mismo tiempo que la manoseaba. Lo último que recuerda de esa secuencia son sus gritos, los gritos del médico y el desvanecimiento.

La primera vez que le permitieron bañarse mientras estuvo en manos de la bonaerense, fue el día de su liberación. Describió un baño de reducidas dimensiones, una pequeña pieza de jabón, la misma ropa sucia del día de la detención y nuevamente la venda.

El viaje en auto fue tan largo que temió ser fusilada. El trayecto terminó en la puerta de estación Retiro, le dejaron un un poco de dinero en su bolso y la orden de no mirar atrás cuando bajara. En el espejo del baño de la terminal de ómnibus pudo comprender por qué hasta las personas en situación de calle le dirigían una extraña mirada a su paso: debía pesar no más de 40 kilogramos. Así fue como llegó a la casa de su familia. Ahí empezó un nuevo suplicio relacionado a la violencia intrafamiliar que venía viviendo de antes, hasta que se casó y reinició su vida.

Parente declaró un día antes de lo previsto

Parente declaró un día antes de lo previsto

Durante toda su declaración, Cristina Parente se detuvo reiteradas veces para llorar, juntar valor y continuar su relato. A su izquierda estuvo siempre presente su amiga María Teresa Oliva. Era la primera vez que narró su experiencia, no sólo en un juicio sino en público. Para Cristina llegar a este momento fue lo único que le dio fuerzas para seguir su vida: No me suicidé porque pensé que era la única sobreviviente y tenía que quedarme para dar testimonio. Después vino la guerra de Malvinas, democracia. Surgieron que eran miles las víctimas. Yo estaba con mi marido que conocí en el 82, mi hijo. Traté de construir mi vida como pude”, finalizó

 

Esteban Idiarte y Daniel Font Thomas /#CobeturaColaborativa, Jóvenes por la Memoria.

PH Jóvenes por la Memoria

“Yo quería morir, pero la muerte no llegaba”

Sergio Armando Pollastri conoció a Enrique Jorge Esteban en la Universidad de La Plata, cuando él estudiaba abogacía y Esteban y su entonces novia y luego esposa, María Teresa “Maite” Oliva, cursaban periodismo. Pasaron los años y se reencontraron en Neuquén, todos ejerciendo sus profesiones.

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 018

Al brindar su testimonio por videoconferencia desde Buenos Aires, donde reside, sobre los tres meses que compartió con Esteban en la U9 de Neuquén -los liberaron el mismo día-, puso el acento en la crudeza con la que Esteban le contó los horrores que había sufrido cuando lo torturaron durante su cautiverio y las circunstancias que habrían motivado la ilegal detención del periodista.

Puntualizó tres observaciones en el relato de Esteban del tortuoso calvario al que fue sometido, entre otros medios, con la aplicación de picana eléctrica. “Una, cuando uno de los torturadores le decía que había bajado la orden de fusilarlo y que aprovechara de escribirle una carta de adiós a su familia, que se la harían llegar. Al otro día le decían que habían decidido no matarlo”, señaló.

Otra cuando los torturadores jugaban con el dato de hacerle creer que su esposa también estaba detenida. Una vez preguntó si Maite estaba en el mismo lugar y le dijeron que no se lo podían decir, pero que una ocasión vio una bombacha colgada y creyó que era la de su mujer.

“La tercera es que a medida que pasaban las sesiones de tortura, cada vez se le tornaba más imposible soportarla. Ante ello y para hacer cesar el sufrimiento había decidido no resistir más y dejarse morir. ‘Yo quería morir, pero la muerte no llegaba’, me contó. Me dijo que ‘en algún momento me di cuenta de que esa decisión estaba fuera de mí, de mi voluntad. Era alguien que me decía que tenía que seguir resistiendo… Ese algo era Dios’. Yo no sabía de sus creencias, pero evidenciaba que había retomado su fe católica”, señaló Pollastri.

Le contó también que tuvo la sensación cierta de haber escuchado cómo un joven, cerca de él, fue torturado hasta que lo mataron.

En cuanto al por qué los represores secuestraron a Esteban y Maite, lo atribuyó a un episodio que involucró a Luis Borris, un joven que llegó a Neuquén buscando los medios para salir del país porque venía siendo buscado por los represores.

“Yo lo alojé en mi casa, porque era hijo de una amiga de mi suegra”, dijo el testigo y precisó que acudió a Esteban para comentarle  la situación, ante lo cual el periodista se encargó de hacer una colecta para que Borris pudiera irse del país.

“Al día siguiente vino Esteban y me dejó un sobre con el dinero. Cuando lo secuestraron pensé que el hecho pudo estar relacionado con este episodio, pero Esteban ni conocía a Borris”, sostuvo.

En su testimonio Maite también remarcó que su esposo no conocía a Borris.

024 Escuelita VI SPN 10junio2019 FOTO Oscar Livera

Pollastri precisó que en los interrogatorios a los que fue sometido en la cárcel, un mayor de apellido Funes le dijo que lo acusaban de haber ayudado a huir a Luis Borris.

Comentó que cuando supo del secuestro de Esteban, junto a Maite y otra persona fueron al Comando a reclamar y que su decisión personal fue la de relatar los hechos en torno a Borris. Días después lo detuvieron en su lugar de trabajo.

Esta visita al Comando fue decidida tras una entrevista que mantuvieron con el obispo Jaime De Nevares, quien de algún modo les garantizó protección para esa gestión.

Néstor Mathus /#Cobertura Colaborativa SPN

“Me sentí como el día del secuestro, con angustia y miedo”

Tras declarar durante más de dos horas, Teresa María Oliva sostuvo que al brindar su testimonio de su detención ilegal y el de su marido, el periodista Enrique Esteban en julio de 1978, se sintió “igual que el día del secuestro, con angustia y miedo”.

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 022
Destacó la valentía que tuvieron los periodistas de Neuquén para denunciar la desaparición de Esteban durante los tres meses en que estuvo en cautiverio, supuestamente, en una dependencia de la Marina en Bahía Blanca. “Fueron las acciones y publicaciones de los periodistas lo que nos salvó la vida, porque Enrique no fue el primer periodista desaparecido, el diario Clarín tuvo más periodistas desaparecidos y no tuvieron la suerte que tuvo él”, explicó en relación al cautiverio de su marido, quien se desempeñaba como corresponsal de Clarín en Neuquén. Y agregó: “no recuerdo que en otras provincias se haya hecho un operativo de rescate como el que hicieron los periodistas de acá, poniendo en peligro su vida pidiendo explicaciones a las autoridades”.

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 011

 

Durante su relato, Oliva describió cómo fueron secuestrados el 23 de julio de 1978 al ser interceptados por fuerzas represivas que se identificaron como pertenecientes a Coordinación Federal de la Policía, su liberación al día siguiente, los tres meses de incertidumbre y angustia que sufrió por desconocer el paradero de su esposo y las constantes amenazas telefónicas recibidas en su casa luego de la liberación. “Enrique fue golpeado y torturado dos y hasta tres veces por día”, contó Oliva.

Precisó que sus hijas mayores conocieron la historia que sufrieron durante la dictadura militar muchos años después. “A Magalí, la mayor, se lo contamos cuando cumplió 15 años; a mi segunda hija, cuando murió Enrique, en 1990, y a Ramiro, el más chico, se lo conté muchos años después”. Explicó que los primeros años, después de lo ocurrido, “preferimos preservar a las chicas y a Ramiro de toda esta situación que habíamos vivido”. “No tendría la fuerza que han tenido estas Madres de Plaza de Mayo para soportar el secuestro de sus hijos”, afirmó.

En su desgarrador testimonio ante los jueces, Oliva explicó que a su hija mayor le contaron lo sucedido “porque en la escuela, quien se sentaba al lado de ella era la hija de ‘Colores’”, en alusión al apodo de Juan Antonio Del Cerro, un ex policía de la Federal que en los juicios por delitos de lesa humanidad había sido acusado de 160 casos de secuestro, torturas y robo de bebés, entre otros delitos.

“A mi segunda hija se lo conté cuando en 1990 murió Enrique. Ella me preguntó si había algo que papá no le había dicho, entonces ahí me abrió la puerta para contárselo. Era el mecanismo de defensa. No quiero ser una Madre de Plaza de Mayo, no quiero que le pase a mis hijas lo que le pasó a esas madres”, expresó en su declaración.

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 020
Oliva también mencionó que el día posterior a su liberación recibió en su casa la visita del ex gobernador Felipe Sapag y de su hija Silvia. Confesó que se emocionó al verlo al ex gobernador que “se arriesgó a venir a mi casa veinticuatro horas después del secuestro y, además, hacerlo con su hija”. Dijo que “Felipe había perdido a sus dos hijos (N. del R: Ricardo y Enrique Sapag pertenecían a la organización Montoneros, fueron asesinados en junio y octubre de 1977, respectivamente). Siempre reconocí ese gesto porque fue muy fuerte”. En el mismo momento en que estaban Felipe y Silvia Sapag en la casa de Oliva, se presentaron el general José Luis Sexton y el mayor Carlos Guiñazú para decirle que el Ejército no tenía nada que ver con el secuestro de Esteban. “Fue muy fuerte tenerlos a los cuatro en mi casa. Solo atiné a decir ‘¿se conocen?’. Se saludaron, Felipe y Silvia se fueron”.

Pablo Montanaro/ #CoberturaColaborativa SPN

 

 

El secuestro de Maite Oliva y Enrique Esteban

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 016
Los secuestradores los detuvieron a pocas cuadras de su casa en Alta Barda, Neuquén, cuando regresaban del casamiento de unos colegas el 23 de julio de 1978. A Enrique Esteban lo subieron en un vehículo naranja -presuntamente un Ford Taunus- y en el caso de Teresa María Oliva, dos desconocidos subieron al auto familiar. “Dijeron que teníamos que responder unas preguntas en Coordinación Federal”, recordó.

Luego de tomar por un desvío en un camino de tierra, a ella la obligaron a ir tirada abajo del asiento con una capucha. “El que conducía conocía la ciudad porque manejaba sin indicaciones de los otros. Todos iban de civil, pero en un momento sacaron balizas y las pusieron sobre el techo”, describió.

El vehículo bajó por Avenida Argentina y paró en un lugar donde comenzó el interrogatorio en el auto. “Preguntaban sobre Enrique, que mencionara gente. Les decía que fueran a hablar con Sexton (José Luis, el comandate de la VI Brigada) o Guiñazú  para que les diera referencia de mi marido, todos lo conocían. También mencioné a (Raúl) Guglielminetti porque había sido compañero de mi marido en LU5 y sabíamos que trabajaba en operativos ilegales”, dijo en referencia al civil de Inteligencia que está condenado en esta causa (durante el desarrollo de otros juicios) por varios secuestros y la participación directa en torturas.

Maite fue subida a otro auto vendada y abandonada en un descampado luego de simulacros de fusilamiento. “No tenía noción del tiempo, me había parecido una eternidad, pero fueron unas cinco o seis horas”, sostuvo.  En la ruta dijo que la habían asaltado y logró llegar a Allen y de allí a Cipolletti, donde pidió ayuda en casa del fotógrafo Jacobo Aizemberg, uno de los dueños de la casa de fotografía “La Ochava”, en Neuquén. “Yaco” la llevó hasta su casa, donde se reencontró con sus pequeñas hijas que habían quedado al cuidado de una niñera.

“En los diarios se sabía que desaparecía gente porque las familias seguían llevando la fotos de los secuestrados, aunque no salían publicados por la censura. En el 78 ya sabíamos que se robaban chicos y yo temía por mis nenas”, describió.

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 019

Llegó el momento de la denuncia, de la presentación de un habeas corpus cuando su suegro llegó a Neuquén y de la búsqueda por todos los rincones oficiales y extraoficiales durante tres meses en los que Esteban permaneció desaparecido. “Un grupo de periodistas se pusieron a disposición y decidieron que no había que guardar silencio; comenzaron las reuniones semanales para diseñar estrategias y preguntar en todos los ámbitos qué se sabía del secuestro de Esteban, incluso se reunían con los que sospechaban que eran ‘servicio'”, explicó.

“Primero pensaron que el secuestro era porque durante una visita de Harguindeguy Esteban había preguntado si habían presos políticos o gente que desaparecía. Después se pensaba que podría ser por su militancia en la facultad de periodismo en La Plata, cuando integraba el centro de estudiantes, porque nunca escondió su militancia peronista. Luego también estaba eso del hermano de Carlos Borri -a quien no conocíamos- que se había ido de Neuquén en el tiempo en el que el diario Río Negro fue blanco de un atentado (1975), pero la idea es que se preguntara qué se sabía sobre Esteban, cómo iba la investigación del secuestro; y se publicaba”, declaró. Recordó que no sólo en los diarios regionales sino también en los de circulación nacional figuró la nota corta sobre la falta de novedades del secuestro del periodista, y que incluso en las radios de la zona se difundió la noticia.

La campaña se tornó internacional con la participación de Amnesty y periodistas de todo el mundo que pedían por la liberación de Esteban, sostuvo. Recordó además los telegramas de la Asamblea Permanente por los Derechos Humnos (APDH) Neuquén al ministro Harguindeguy preguntando por su paradero.

“Sexton y Guiñazú insistían en que eran los Montoneros, que secuestraban a los traidores y los ajusticiaban. Yo les decía que era imposible. Iba al Comando a preguntar dos veces por semana, y si no estaban ellos me derivaban con Néstor Castelli u Oscar Reinhold”, dijo.

En uno de lo episodios de búsqueda incluso la llevaron a recorrer el Batallón para asegurarle que no eran militares los que se habían llevado a su esposo. “Nos acompañó el jefe del Batallón -por Enrique Olea- y le pregunté por un lugar que le decían La Escuelita, pero me lo negaron, me llevaron a los fondos del batallón donde estaba el polvorín”, describió.

Maite llegó a reunirse con un hombre al que le decían “el macitero” y vivía a la vuelta de la delegación de la Policía Federal. “Me dijo que si Enrique no aparecía en tres meses era que había sido sentenciado a muerte. Que estaría en un lugar solo, torturado, picaneado, muy golpeado pero que aún estaba con vida. Que se había enterado de eso tomando unos mates con gente que conocía en el Comando”, relató.

Juicio Escuelita VI 19junio2019 FOTO Oscar Livera 005

Efectivamente a los tres meses Esteban fue abandonado en Tres Arroyos en su auto particular, con una carta de los montoneros que se atribuían su secuestro por considerarlo un elemento subversivo y que Esteban rompió ni bien la vio al lado de sus anteojos.  De inmediato fue detenido por la policía y ya en la cárcel logró que avisaran de su blanqueo.

“Por una radio de Tres Arroyos salió que presuntamente había aparecido el periodista de Clarín y se reprodujo en LU5 y en LU19, en potencial. Estaba bajo la órbita del V Cuerpo así es que cuando fue trasladado a Neuquén, antes de ir a la U9, la plana mayor lo estaba esperando en el Batallón: Sexton, Guiñazú, Olea y puede ser que también estuviera Castelli porque estaba la plana mayor”, recordó.

Oliva describió que su esposo “lloraba, temblaba, tenía la misma ropa con la que lo habían secuestrado tres meses antes y había perdido 23 kilos. Me dijo que, tal cual me había contado el macitero, no estuvo en contacto con otra gente. Sospechaba que el lugar era de la Marina por el logotipo de una funda que vio en el lugar, y que lo tenían atado a una cama, lo golpeaban mucho, picana y dos o tres veces había tenido simulacros de fusilamiento”.

Esteban quedó libre el 24 de diciembre y retomó su trabajo “siempre acompañado por colegas, que no lo dejaban solo”, indicó. Pero en febrero recibió el llamado anónimo con la voz de uno de los secuestradores del centro clandestino, que extendió la amenaza a su esposa e hijas  y decidieron dar crédito al ultimátum de irse en 24 horas de Neuquén. A los dos años volvieron a recibir amenazas (ya en Buenos Aires) y señales de que lo estaban vigilando,  hasta 1982 cuando el secuestrador lo llamó por teléfono a la sede central de Clarín.

 

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 012

 

“A partir de 1983 nunca más amenazaron y en 1990 falleció Enrique, por eso es que no pudo estar hoy acá”, cerró Maite Oliva su pormenorizada declaración ante los jueces, de más de dos horas de duración.

Fue consultada sobre lo que supo del secuestro de Cristina Parente, quien fue compañera de la facultad de periodismo en La Plata y apareció un día de 1976 en la puerta de la casa en la que vivían con Enrique Esteban en ese momento, a unas cuadras de la delegación de la Policía Federal. “Lloraba, temblaba, me dijo que la habían golpeado y torturado en el mismo lugar en el que la habían liberado, en la Federal. Y le daban 24 horas para irse de Neuquén”, manifestó.

Enrique Esteban y un amigo fueron a la pensión en la que vivía, le armaron una valija con sus cosas y le compraron un pasaje para que volviera a Punta Alta, donde vivían sus padres. “Tuvo la desgracia de compartir la pensión con una chica que era chilena y que aparentemente era del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionario, de Chile), aunque ella nunca lo supo. Fueron por esta chica y no estaba; entonces fueron a buscar a Tini que trabajaba en la Universidad. De su compañera nunca mas volvimos a saber”, dijo Maite.

Parente sufrió el desprecio de su familia en Punta Alta y de su familia, en cuanto trascendió que la acusaban de subversiva. Su padre, empleado de la Marina, la obligó a ir a buscar el título a La Plata y fue en ese trámite que volvió a padecer la tortura y el trato aberrante de los represores en los centros clandestinos. “Fueron muchos golpes, torturas y violaciones, nunca pudo hablar de eso”, dijo.

“No quiero ser una Madre de Plaza de Mayo”

“No podría soportar lo que sufrieron estas mujeres, no quiero”, dijo Maite Oliva al indicar que el terror a un nuevo golpe de Estado y al secuestro de sus hijos se mantuvo durante la democracia, en especial en tiempo de los levantamientos carapintadas.

Describió que siempre el matrimonio tenía preparada una valija con documentos de la pareja y los chicos, porque ante un eventual golpe, se exiliarían. “Mi hija mayor se enteró de grande de lo que le ocurrió a su papá, mi segunda hija  cuando falleció Enrique tenía 15 años y me preguntó si había algo que su papá nunca le hubiera dicho, entonces encontré el momento para hablarle. En el caso de mi hijo Ramiro, se enteró por boca de otro lo que había pasado y me lo recriminó; pero todo fue un mecanismo de defensa, yo siempre estoy atenta a que no pase un golpe militar. Yo no quiero que pasen por lo que pasamos nosotros; no podría tener la fuerza de las Madres”, insistió.

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 021

 

Shirley Herreros / #CoberturaColaborativa SPN

PH Oscar Livera

Pacto de silencio

Los 8 acusados decidieron no declarar en la segunda jornada del juicio (11 de junio) La Escuelita VI donde se juzga a represores del alto valle y zona Cordillerana. Durante las indagatorias, algunos procesados especificaron que hablarán conforme avance el proceso.

015 Escuelita VI SPN 10junio2019 TOF Cabral-Coscia FOTO Oscar Livera

Los jueces federales Alejandro Cabral y el presidente del Tribunal Orlando Coscia. Secretaria de la causa, Marta Ithurrart

 

En una corta jornada, tuvo lugar este martes en el salón AMUC la etapa indagatoria a los represores en el Juicio Escuelita VI. En esta ocasión, los acusados tuvieron la oportunidad de declarar frente al tribunal, sin embargo optaron por no hacerlo. Manifestaron en algunos casos que preferirán hacer uso de este derecho más adelante, conforme avance el juicio. Para la querella esto se trata de un claro pacto de silencio, que “es tan fuerte y profundo que seguramente lo van a seguir sosteniendo”, según explicó Bruno Vadalá, de la APDH.

La querella del CeprodH, con el acuerdo luego de a fiscalía y de la APDH, solicitó que se agregue al caso la información sobre el atentado a la Casa de Madres de Plaza de Mayo, ocurrido el último 28 de mayo, con el argumento de que se trató de un amedrentamiento en el contexto del proceso judicial actual. A pesar del rechazo de la defensa, el tribunal incorporó los archivos al desarrollo del juicio. Por su parte, la defensora oficial Gabriela Labat, solicitó que Carlos Benavidez, único acusado presente, pueda permanecer en sala contigua a partir de ahora y sólo estará presente cuando considere que los testimonios le incumben a su caso. La medida será evaluada por el tribunal e informada más adelante.

El negador

Momento de incertidumbre se vivió cuando el acusado Oscar Reinhold negó tener otras causas judiciales durante el chequeo de datos. Sin embargo, cuando la fiscalía preguntó sobre la condena en este proceso, el acusado se limitó a decir “¡Ah! Por eso sí”.

Oscar Lorenzo Reinhold fue declarado culpable con sentencia firme por la Corte en 2008 por 17 torturas y la desaparición forzada de Oscar Ragni, mientras que cuenta con otras tres sentencias condenatorias por secuestros, torturas y el homicidio de los desaparecidos Orlando Cancio, Javier Seminario Ramos, José Francisco Pichulmán, Celestino Aigo, Miguel Ángel Pincheira y José Delineo Méndez.

Etapa de testimoniales

A partir de la próxima semana comienza el período de testimoniales, donde se prevé que inicie el cronograma de 36 personas citadas. El 31 de julio culminará este segmento y el 14 de agosto se realizarán los alegatos por parte de la fiscalía y la querella, en tanto que el 28 de ese mes hará lo propio la defensa.

001 Escuelita VI SPN 10junio2019 FOTO Oscar Livera

Vale recordar que los juicios son de acceso público. Para aquellas personas que quieran presenciar el desarrollo de estas jornadas, deben acreditarse con su nombre, DNI y ocupación al mail acreditacionesjuicio@gmail.com

Daniel Font Thomas/ #CoberturaColaborativa SPN

PH Oscar Livera 2019

Tres años de detenciones y persecución ilegal

La pareja de Eduardo Fernando Ubaldini y María Luján Gómez fue perseguida durante cinco años por los servicios de inteligencia de los grupos militares durante la dictadura militar, que se extendió del 24 de marzo de 1976 a diciembre de 1983. Sus casos, que se ventilan en el juicio y por los que declararán en las próximas audiencias, fueron considerados por la fiscalía como claros ejemplos de persecución política e ideológica.

Ubaldini, agrónomo, y Gómez, docente, vivían en San Martín de los Andes y fueron blanco de cuatro detenciones ilegales a lo largo de tres años, bajo acusaciones de accionar subversivo que nunca se les probó.

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El 2 de octubre de 1974 Ubaldini, que como antecedente tenía el haber militado en el Partido Comunista en Bahía Blanca, recibió una carta de la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A, el grupo paramilitar cuya creación se le atribuye al ex ministro de Bienestar Social del peronismo José López Rega, en el que le daban diez días para que abandonar San Martín de los Andes.

“Si pasado dicho plazo no cumple el mandato será ejecutado, en el lugar y hora que este comando considere oportuno”, decía el texto.

La primera de las detenciones ocurrió el 24 de marzo de 1976, día del golpe militar encabezado por el dictador Jorge Rafael Videla. Fueron detenidos por personal militar, Ubaldini en la calle cuando regresaba de Junín de los Andes y Gómez en su domicilio. Después de varias horas fueron liberados.

La segunda fue en un operativo cuyo comando integraba el gendarme Emilio Jorge Sacchitella, el 2 de junio de 1978. La investigación relevó que los uniformados irrumpieron con violencia en el domicilio de la pareja y entre otras acciones colocaron panfletos debajo del colchón de una de las habitaciones. Posteriormente les adujeron que esos panfletos contenían amenazas terroristas contra el Mundial de fútbol que comenzaba a desarrollarse en el país.

Entre otras cosas los acusaron de haber emprendido acciones para boicotear la competencia. Puntualmente, los acusaron de haber generado un corte de energía que impidió que se viera por televisión uno de los partidos en San Martín de los Andes.

La pareja estaba con su hija de seis meses en el momento de la detención, y los represores les exigieron que indicaran a quién la dejarían a cargo o en caso contrario la llevarían a un hospital, lo que trajo una feroz angustia para la madre en cautiverio. Finalmente se hizo cargo una amiga de la pareja, Alda Elisa Muñoz.

A Ubaldini lo llevaron a la sección de Gendarmería Nacional de Junín de los Andes, lo acusaron de subversivo y de adoctrinar a los jóvenes de la ciudad.

El 12 de junio fueron trasladados, vendados y esposados a Neuquén Capital. A Ubaldini lo alojaron en la Unidad 9 y a Gómez en la Alcaidía provincia. Once días después regresados a Junín de los Andes, donde fueron liberados.

La siguiente detención la sufrieron el 10 de junio de 1976, en ocasión que el dictador Videla visitó San Martín de los Andes. El operativo, según la investigación, lo lideró el gendarme Sacchitella.

Nunca se les mostró a las víctimas alguna orden oficial de sus detenciones y todo indica que se los persiguió por cuestiones políticas e ideológicas.

 

Néstor Mathus/ #CoberturaColaborativa SPN

PH Oscar LIvera

Oscar Lorenzo Reinhold

La memoria negadora de un actor principal de la represión

Cuando el martes se desarrollaban las indagatorias de los imputados, quienes se negaron a declarar ante el Tribunal expresando “Prefiero guardar silencio”, “Me reservo la declaración más adelante” –sellando un nuevo pacto de silencio-, uno de los momentos que causó mayor sorpresa, incertidumbre y risas entre los querellantes y el público que colmaba el Salón de Amuc, fue protagonizado por el ex jefe del Destacamento de Inteligencia del Comando de la Sexta Brigada, Oscar Lorenzo Reinhold.

Reinhold fue condenado en el primer juicio 2008

Reinhold fue condenado en el primer juicio 2008

Ante la corroboración de datos por parte del presidente del tribunal, Orlando Coscia, el ex militar que se desempeñó al frente de Inteligencia entre 1976 y 1979, aseguró no tener condenas ni otras causas judiciales. De inmediato, el fiscal federal Miguel Palazzani tomó la palabra, se dirigió al ex militar de 84 años y le volvió a preguntar. Como si hubiera recobrado la memoria, Reinhold se rectificó con un “Sí, por supuesto”. Y luego afirmó “Prefiero guardar silencio”, negándose a declarar como lo ha hecho en todas las causas en las que estuvo acusado por cometer delitos de lesa humanidad durante la dictadura militar.
En este sexto juicio, Reinhold está acusado como autor de todos los delitos que se le imputan.

Le quitan las esposas a uno de los represores Oscar Lorenzo Reinhold.

El juicio 2008 tuvo a los acusados en la sala. Reinhold

“El Colorado”, como le decían sus colegas de armas y represión, fue la máxima autoridad del centro clandestino de detención “La Escuelita” donde pasaron por la tortura y todo tipo de vejámenes cientos de hombres y mujeres que habían sido secuestrados por los grupos de tareas en las calles, en sus casas y en la universidad.
Antes de ocupar la jefatura del Destacamento de Inteligencia, a partir del 24 de marzo de 1976, Reinhold prestaba funciones como auxiliar en la División II de Inteligencia del Comando de la Brigada. Es decir que a partir del golpe de Estado, Reinhold se convirtió en el miembro principal del Estado Mayor de esa unidad militar.

Pablo Montanaro/#CobeturaColaborativa SPN

PH Oscar Livera y Archivo SPN

A través de la TV

Hubo que adivinar un poco, pero a lo largo de cuatro horas de audiencia, pudimos observar a los imputados que presenciaban la audiencia desde Comodoro Py.

022 Escuelita VI SPN 10junio2019 FOTO Oscar Livera

 

Casi de cuerpo entero, se pudo ver en las primera hora de transmisión a Néstor Castelli en la pantalla, con una barba prominente. E gendarme Emilio Sachitella apareció poco y fue muy difícil identificarlo en la pantalla pese a que lo habíamos visto bastante en oportunidad de su primer juzgamiento, donde permaneció en la sala. Fue condenado a 5 años y medio de prisión por los tormentos a Ernesto Joubert, luego de una apelación ante Casación porque el tribunal juzgador original lo había absuelto en 2.012.

Como se encargó de aclarar luego durante la indagatoria, esa sentencia “aún está en la Corte”.

En el caso de Oscar Lorenzo Reinhold (acusado como autor de todas los delitos que se le imputaron) apenas se le vio el rostro en una oportunidad, sin embargo, ahí estaba en la pantalla de Casación, parte de su abdomen  y pies salieron entrecortados en la pantalla entre Marcelo Zárraga y otro imputado, que podría ser Sachitella.

Al ex interventor de Río Negro y director de la escuela Militar de Instrucción Andina (Zárraga) -segundo comandante después de la Sexta Brigada en Neuquén- recién se lo reconoció por la imagen que devolvió el video después del mediodía.

010 Escuelita VI SPN 10junio2019 FOTO Oscar Livera

Distinta fue la aparición en pantalla del coronel retirado Eduardo Molina Ezcurra, al que se lo observó inquieto en la sala de Casación, mientras quien fuera parte de su equipo en interrogatorios y secuestros, Sergio San Martín, apenas salió unos minutos en la parte derecha de los televisores dispuestos en la sala de audiencias.

El juicio arrancó a las 9,31 y a las 10, 30 la imagen se cortó desde Comodoro Py y sólo se escuchaba el audio -informó el Tribunal- así es que desde el público se contó desde esa hora con la generoso video en primer plano de Jorge Di Pasquale, que a veces con sus anteojos de leer, a veces por encima de ellos, gestualizaba todo lo que obviamente no le gustaba de lo que escuchó: la acusación de la fiscalía. Di Pasquale siguió el juicio desde una sala en Marcos Paz, porque es el único de los 8 acusados de este tramo que esta en una unidad penitenciaria: el resto cumple su condena de anteriores sentencias en su vivienda particular; en  Buenos Aires.

Carlos Benavidez, ex integrante del Destacamento de Inteligencia del Ejército, fue el único en “vivo y en directo” llega y se va de cada audiencia caminando o por sus propios medios. No tiene condenas anteriores y en este juicio está acusado de ser parte del grupo de tareas que secuestró a Juan Marcos Herman. Está excarcelado y como vive en Neuquén, es el unico que permanece en la sala. No estaba previsto que hable el día de las indagatorias previstas para el 11 de junio según lo indicó la defensa oficial, pero hasta que se produce el momento de la intervención, nunca se sabe.

023 Escuelita VI SPN 10junio2019 FOTO Oscar Livera

Shirley Herreros/#CoberturaColaborativa

PH Oscar Livera

Sindicato dePrensa de Neuquén

 

 

 

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