Sobreviviente

En noviembre de 1976 Cristina Parente fue secuestrada por la Policía Federal, torturada y liberada tiempo después en la puerta de la misma comisaría donde se la retuvo. Tuvo que abandonar Neuquén al día siguiente bajo amenaza de muerte y regresar a su Punta Alta Natal. Sin embargo, fue nuevamente capturada en un mega operativo por la policía bonaerense en La Plata. El martes 18, por primera vez, contó su historia de secuestro, tortura y persecución ante un tribunal federal en el marco de los juicios por delitos de lesa humanidad.

Oscar Livera

El público permaneció conmosionado durante el testimonio de la periodista

María Cristina Parente era de Punta Alta, Buenos Aires. Estudió periodismo en La Plata. Había sido compañera en la facultad de Jorge Enrique Esteban y de María Teresa Oliva (ambos secuestrados y liberados en 1978). Además era militante de la Federación de Agrupaciones Eva Perón (FAEP).

Por recomendación de sus amistades, migró a Neuquén capital a principios de 1975, donde consiguió trabajo como prensa de la Gobernación por la mañana y de la Universidad Nacional del Comahue en la tarde. Cristina lo recuerda como su mejor tiempo, en el que tenía amigos y futuro en la profesión. Tenía veinte años.

En marzo de 1976, con el gobierno neuquino intervenido por las FFAA, la obligaron a renunciar a su trabajo en Gobernación, lo que la obligó a mudarse a una pensión. Ahí compartió habitación con una joven de nacionalidad chilena que apenas veía y de quien aseguró nunca saber su nombre.

En noviembre de ese año, al volver de vacaciones, pasó por su casa a dejar un bolso para dirigirse directamente a su trabajo en la UNCo. Si bien le extrañó encontrar las luces apagadas, la urgencia por reintegrarse a sus tareas le impidió detenerse mucho tiempo. “Llegué a la oficina y el guardia de la universidad, un muchacho con el que siempre charlábamos, me dijo que la Policía Federal tenía unas preguntas. Que era un trámite”, recordó Parente. El guardia la acompañó hasta la sede policial, donde fue detenida en una oficina.

 

El tribunal permitió que Maite Oliva acompañara el momento del testimonio de Parente

El tribunal permitió que Maite Oliva acompañara el momento del testimonio de Parente

 

En un tiempo que le es imposible determinar, aparecieron dos efectivos a los que Cristina recordó haber visto un par de veces en el balneario de Neuquén, durante salidas con amigas. Ahí se enteró de la razón de su detención: habían allanado su habitación y decían haber encontrado material “subversivo”. Los secuestradores sostuvieron que su compañera de pensión había sido reconocida como militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) de Chile. Además le decían que ésta última se había fugado y supusieron que ella también lo había hecho con la excusa de unas vacaciones.

En ese momento empezaron las torturas: “Me atan a una silla. Brazos para atrás y cada pierna a una pata. Me ponen una cinta en la cabeza y dos cosas en las sienes. Me enchufaron a 220. Cuando uno es electrocutado, todo el cuerpo se arquea hacia adelante. Lo único que me sostenía era estar atada a las patas de una silla”, expresó Cristina en un relato entrecortado. Los picaneos eran interrumpidos para preguntar y repreguntar sobre el origen del material encontrado en la habitación. Parente describió una sucesión de desmayos continuos hasta que finalmente despertó para encontrarse sola en la habitación, amarrada todavía a la silla.

Los torturadores regresaron y pusieron frente a su cara un revólver al que previamente le habían dejado una sola bala. “Ahora vamos a jugar a una cosa”, dijeron sus captores. Por cada pregunta sin la respuesta esperada, el percutor golpeaba una cámara vacía, volvía a girar el tambor y empezaban de nuevo. Por cada gatillazo en falso, Cristina caía al suelo en pleno desvanecimiento. Siempre le preguntaban por “la chilena”, su nombre y paradero. La respuesta era siempre la misma: “no sé”. Entonces volvía a ser golpeada y levantada de los pelos para repetir el proceso.

En la delegación de la Policía Federal los torturadores la alzaron una última vez para meter su cabeza dentro de un recipiente con agua, haciendo presión hacia abajo para que no salga, una práctica conocida como “submarino”. Cuando se cansaron la dejaron tirada en el suelo. Parente se arrastró hasta el escritorio y perdió el conocimiento. No recuerda la cantidad de veces que la patota volvía para interrogarla y torturarla, solo le quedó muy presente la risa que les provocaba todo el proceso.

“Una noche me dicen ‘preparate que hay una luna hermosa para los enamorados’. Me subieron al baúl de un auto. Anduvo mucho. Después de un tiempo sobre el ripio se detuvieron”,  continuó su relato. En ese momento escuchó, siempre desde dentro del baúl, una conversación con otras personas. “Te traemos un paquete”, a lo que la otra persona respondió “acá no hay lugar, tírenlo al río”. Por las descripciones de Cristina se cree que ese lugar se trataba del centro clandestino de detención La Escuelita.

Sin embargo, regresaron a la Federal y la liberaron bajo la amenaza de que si no se iba de Neuquén en 24 horas iba a ser asesinada.

Cristina se dirigió a la casa de Esteban y Oliva, quienes le brindaron ropa, ya que no se había cambiado desde el día de su secuestro. Luego de ducharse, le trajeron las pocas cosas que sus secuestradores le habían dejado en su departamento (le habían robado todo durante el procedimiento) y un pasaje para volver a Punta Alta.

En la terminal de colectivos Esteban la despidió con el pedido: que no dijera nada a su padre para no comprometer a nadie más y la promesa de continuar acompañándola.

“En algunos cortes (del interrogatorio) ponían la radio muy fuerte. Escuchaba que el sindicato de prensa de Neuquén pedía por mi libertad. Creo que eso me salvó la vida”, reflexionó Cristina.

Esteban Idiarte

Cristina Parente y Maite Oliva habían sido compañeras de estudio (periodismo) en La Plata

 

Detenida en Punta Alta

Cristina hizo caso a la recomendación de Esteban y guardó silencio. En aquel tiempo la Base Naval de Punta Alta abrió concurso para cubrir un cargo administrativo. Por insistencia de su familia, y ante la necesidad de trabajar, se inscribió con la esperanza de quedar fuera de orden de mérito. Cristina aprobó el examen y empezó a trabajar para las mismas personas a las que temía.

Duró poco. “Un día vino un teniente y me dijo que me echaban porque no era una persona confiable para la armada. Volví a casa y ahí se enteraron lo de Neuquén”, expresó Parente frente al tribunal en referencia al secuestro y la acusación de subversiva.

Su padre la obligó a regresar a una intervenida Universidad de La Plata a buscar su título de periodista para mejorar sus perspectivas laborales. Cristina lo describió como un hombre muy duro y exigente que recurría a los golpes si no se le obedecía. A sabiendas que era muy posible un nuevo encuentro con efectivos de las fuerzas armadas, decidió obedecer y marchó a la capital bonaerense.

El trámite nunca se concretó. Cuando llegó al rectorado le anunciaron que ya era tarde. Esperó dos días y lo fue a buscar una segunda vez. Esta vez sí estaba a tiempo pero le quisieron cobrar la entrega del cartón. Cristina estaba convencida que pasara lo que pasara no le iban a robar de nuevo. Con la plata justa se volvió a Punta Alta.

Con un pie arriba del colectivo alguien la tiró de los hombros hacia atrás. Gritos, corridas, calle cortada. Un grupo de tareas de alrededor de cincuenta personas que salieron de todos lados. Fue subida a un auto y llevada ante una médica para que la revise. Estaban buscando pastillas de cianuro. Nuevamente, sin entender el porqué, Cristina Parente era detenida por las fuerzas armadas.

No era novedad que informantes del sistema represor deambulaban en los ámbitos académicos. Alguien le dijo que había sido marcada como amante y correo en el sur de Mario Firmenich, fundador de Montoneros.

Primera jornada de testimonios

Primera jornada de testimonios

“Yo a Firmenich no lo conozco”, enfatizó Parente y agregó: “como vieron que no tenía armas ni nada en el bolso me hicieron esperar hasta que lleguen las pruebas. No me torturaron. Me interrogaron. Me dejaron vendada todo el tiempo y de noche dormía en un pasillito, porque la celda estaba ocupada por un par de presos políticos. Uno de ellos era médico, me cantaba canciones de Serrat para que me duerma”.

Todo fue padecimiento a la espera de las supuestas evidencias. Temía que hasta llegaran con pruebas falsas de la acusación que fue excusa para el secuestro. La angustia le provocó una inapetencia que la llevó a quedar famélica. La comida era traída por mujeres del batallón contiguo. Fue en una de esas rondas que bajo la venda pudor reconocer la pollera de la policía bonaerense.

Las pruebas nunca llegaron. El médico interpelaba a los carceleros mientras la secuestrada vivía un calvario. Al día siguiente les comunicaron que el lugar iba a ser desocupado. Parente y el muchacho serían liberados, decían. La otra chica que sostenían que estaba implicada en un operativo del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) donde murieron tres policías, permanecería en cautiverio.

Cristina tenía que ser asistida para movilizarse. En uno de los trayectos al baño, su acompañante la sentó bruscamente en las rodillas. “¿Así que te vas? Vení que te voy a extrañar” decía al mismo tiempo que la manoseaba. Lo último que recuerda de esa secuencia son sus gritos, los gritos del médico y el desvanecimiento.

La primera vez que le permitieron bañarse mientras estuvo en manos de la bonaerense, fue el día de su liberación. Describió un baño de reducidas dimensiones, una pequeña pieza de jabón, la misma ropa sucia del día de la detención y nuevamente la venda.

El viaje en auto fue tan largo que temió ser fusilada. El trayecto terminó en la puerta de estación Retiro, le dejaron un un poco de dinero en su bolso y la orden de no mirar atrás cuando bajara. En el espejo del baño de la terminal de ómnibus pudo comprender por qué hasta las personas en situación de calle le dirigían una extraña mirada a su paso: debía pesar no más de 40 kilogramos. Así fue como llegó a la casa de su familia. Ahí empezó un nuevo suplicio relacionado a la violencia intrafamiliar que venía viviendo de antes, hasta que se casó y reinició su vida.

Parente declaró un día antes de lo previsto

Parente declaró un día antes de lo previsto

Durante toda su declaración, Cristina Parente se detuvo reiteradas veces para llorar, juntar valor y continuar su relato. A su izquierda estuvo siempre presente su amiga María Teresa Oliva. Era la primera vez que narró su experiencia, no sólo en un juicio sino en público. Para Cristina llegar a este momento fue lo único que le dio fuerzas para seguir su vida: No me suicidé porque pensé que era la única sobreviviente y tenía que quedarme para dar testimonio. Después vino la guerra de Malvinas, democracia. Surgieron que eran miles las víctimas. Yo estaba con mi marido que conocí en el 82, mi hijo. Traté de construir mi vida como pude”, finalizó

 

Esteban Idiarte y Daniel Font Thomas /#CobeturaColaborativa, Jóvenes por la Memoria.

PH Jóvenes por la Memoria

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