El secuestro de Maite Oliva y Enrique Esteban

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 016
Los secuestradores los detuvieron a pocas cuadras de su casa en Alta Barda, Neuquén, cuando regresaban del casamiento de unos colegas el 23 de julio de 1978. A Enrique Esteban lo subieron en un vehículo naranja -presuntamente un Ford Taunus- y en el caso de Teresa María Oliva, dos desconocidos subieron al auto familiar. «Dijeron que teníamos que responder unas preguntas en Coordinación Federal», recordó.

Luego de tomar por un desvío en un camino de tierra, a ella la obligaron a ir tirada abajo del asiento con una capucha. «El que conducía conocía la ciudad porque manejaba sin indicaciones de los otros. Todos iban de civil, pero en un momento sacaron balizas y las pusieron sobre el techo», describió.

El vehículo bajó por Avenida Argentina y paró en un lugar donde comenzó el interrogatorio en el auto. «Preguntaban sobre Enrique, que mencionara gente. Les decía que fueran a hablar con Sexton (José Luis, el comandate de la VI Brigada) o Guiñazú  para que les diera referencia de mi marido, todos lo conocían. También mencioné a (Raúl) Guglielminetti porque había sido compañero de mi marido en LU5 y sabíamos que trabajaba en operativos ilegales», dijo en referencia al civil de Inteligencia que está condenado en esta causa (durante el desarrollo de otros juicios) por varios secuestros y la participación directa en torturas.

Maite fue subida a otro auto vendada y abandonada en un descampado luego de simulacros de fusilamiento. «No tenía noción del tiempo, me había parecido una eternidad, pero fueron unas cinco o seis horas», sostuvo.  En la ruta dijo que la habían asaltado y logró llegar a Allen y de allí a Cipolletti, donde pidió ayuda en casa del fotógrafo Jacobo Aizemberg, uno de los dueños de la casa de fotografía «La Ochava», en Neuquén. «Yaco» la llevó hasta su casa, donde se reencontró con sus pequeñas hijas que habían quedado al cuidado de una niñera.

«En los diarios se sabía que desaparecía gente porque las familias seguían llevando la fotos de los secuestrados, aunque no salían publicados por la censura. En el 78 ya sabíamos que se robaban chicos y yo temía por mis nenas», describió.

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 019

Llegó el momento de la denuncia, de la presentación de un habeas corpus cuando su suegro llegó a Neuquén y de la búsqueda por todos los rincones oficiales y extraoficiales durante tres meses en los que Esteban permaneció desaparecido. «Un grupo de periodistas se pusieron a disposición y decidieron que no había que guardar silencio; comenzaron las reuniones semanales para diseñar estrategias y preguntar en todos los ámbitos qué se sabía del secuestro de Esteban, incluso se reunían con los que sospechaban que eran ‘servicio'», explicó.

«Primero pensaron que el secuestro era porque durante una visita de Harguindeguy Esteban había preguntado si habían presos políticos o gente que desaparecía. Después se pensaba que podría ser por su militancia en la facultad de periodismo en La Plata, cuando integraba el centro de estudiantes, porque nunca escondió su militancia peronista. Luego también estaba eso del hermano de Carlos Borri -a quien no conocíamos- que se había ido de Neuquén en el tiempo en el que el diario Río Negro fue blanco de un atentado (1975), pero la idea es que se preguntara qué se sabía sobre Esteban, cómo iba la investigación del secuestro; y se publicaba», declaró. Recordó que no sólo en los diarios regionales sino también en los de circulación nacional figuró la nota corta sobre la falta de novedades del secuestro del periodista, y que incluso en las radios de la zona se difundió la noticia.

La campaña se tornó internacional con la participación de Amnesty y periodistas de todo el mundo que pedían por la liberación de Esteban, sostuvo. Recordó además los telegramas de la Asamblea Permanente por los Derechos Humnos (APDH) Neuquén al ministro Harguindeguy preguntando por su paradero.

«Sexton y Guiñazú insistían en que eran los Montoneros, que secuestraban a los traidores y los ajusticiaban. Yo les decía que era imposible. Iba al Comando a preguntar dos veces por semana, y si no estaban ellos me derivaban con Néstor Castelli u Oscar Reinhold», dijo.

En uno de lo episodios de búsqueda incluso la llevaron a recorrer el Batallón para asegurarle que no eran militares los que se habían llevado a su esposo. «Nos acompañó el jefe del Batallón -por Enrique Olea- y le pregunté por un lugar que le decían La Escuelita, pero me lo negaron, me llevaron a los fondos del batallón donde estaba el polvorín», describió.

Maite llegó a reunirse con un hombre al que le decían «el macitero» y vivía a la vuelta de la delegación de la Policía Federal. «Me dijo que si Enrique no aparecía en tres meses era que había sido sentenciado a muerte. Que estaría en un lugar solo, torturado, picaneado, muy golpeado pero que aún estaba con vida. Que se había enterado de eso tomando unos mates con gente que conocía en el Comando», relató.

Juicio Escuelita VI 19junio2019 FOTO Oscar Livera 005

Efectivamente a los tres meses Esteban fue abandonado en Tres Arroyos en su auto particular, con una carta de los montoneros que se atribuían su secuestro por considerarlo un elemento subversivo y que Esteban rompió ni bien la vio al lado de sus anteojos.  De inmediato fue detenido por la policía y ya en la cárcel logró que avisaran de su blanqueo.

«Por una radio de Tres Arroyos salió que presuntamente había aparecido el periodista de Clarín y se reprodujo en LU5 y en LU19, en potencial. Estaba bajo la órbita del V Cuerpo así es que cuando fue trasladado a Neuquén, antes de ir a la U9, la plana mayor lo estaba esperando en el Batallón: Sexton, Guiñazú, Olea y puede ser que también estuviera Castelli porque estaba la plana mayor», recordó.

Oliva describió que su esposo «lloraba, temblaba, tenía la misma ropa con la que lo habían secuestrado tres meses antes y había perdido 23 kilos. Me dijo que, tal cual me había contado el macitero, no estuvo en contacto con otra gente. Sospechaba que el lugar era de la Marina por el logotipo de una funda que vio en el lugar, y que lo tenían atado a una cama, lo golpeaban mucho, picana y dos o tres veces había tenido simulacros de fusilamiento».

Esteban quedó libre el 24 de diciembre y retomó su trabajo «siempre acompañado por colegas, que no lo dejaban solo», indicó. Pero en febrero recibió el llamado anónimo con la voz de uno de los secuestradores del centro clandestino, que extendió la amenaza a su esposa e hijas  y decidieron dar crédito al ultimátum de irse en 24 horas de Neuquén. A los dos años volvieron a recibir amenazas (ya en Buenos Aires) y señales de que lo estaban vigilando,  hasta 1982 cuando el secuestrador lo llamó por teléfono a la sede central de Clarín.

 

Juicio Escuelita Vl 18junio2019 Maite Oliva FOTO Oscar Livera 012

 

«A partir de 1983 nunca más amenazaron y en 1990 falleció Enrique, por eso es que no pudo estar hoy acá», cerró Maite Oliva su pormenorizada declaración ante los jueces, de más de dos horas de duración.

Fue consultada sobre lo que supo del secuestro de Cristina Parente, quien fue compañera de la facultad de periodismo en La Plata y apareció un día de 1976 en la puerta de la casa en la que vivían con Enrique Esteban en ese momento, a unas cuadras de la delegación de la Policía Federal. «Lloraba, temblaba, me dijo que la habían golpeado y torturado en el mismo lugar en el que la habían liberado, en la Federal. Y le daban 24 horas para irse de Neuquén», manifestó.

Enrique Esteban y un amigo fueron a la pensión en la que vivía, le armaron una valija con sus cosas y le compraron un pasaje para que volviera a Punta Alta, donde vivían sus padres. «Tuvo la desgracia de compartir la pensión con una chica que era chilena y que aparentemente era del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionario, de Chile), aunque ella nunca lo supo. Fueron por esta chica y no estaba; entonces fueron a buscar a Tini que trabajaba en la Universidad. De su compañera nunca mas volvimos a saber», dijo Maite.

Parente sufrió el desprecio de su familia en Punta Alta y de su familia, en cuanto trascendió que la acusaban de subversiva. Su padre, empleado de la Marina, la obligó a ir a buscar el título a La Plata y fue en ese trámite que volvió a padecer la tortura y el trato aberrante de los represores en los centros clandestinos. «Fueron muchos golpes, torturas y violaciones, nunca pudo hablar de eso», dijo.

«No quiero ser una Madre de Plaza de Mayo»

«No podría soportar lo que sufrieron estas mujeres, no quiero», dijo Maite Oliva al indicar que el terror a un nuevo golpe de Estado y al secuestro de sus hijos se mantuvo durante la democracia, en especial en tiempo de los levantamientos carapintadas.

Describió que siempre el matrimonio tenía preparada una valija con documentos de la pareja y los chicos, porque ante un eventual golpe, se exiliarían. «Mi hija mayor se enteró de grande de lo que le ocurrió a su papá, mi segunda hija  cuando falleció Enrique tenía 15 años y me preguntó si había algo que su papá nunca le hubiera dicho, entonces encontré el momento para hablarle. En el caso de mi hijo Ramiro, se enteró por boca de otro lo que había pasado y me lo recriminó; pero todo fue un mecanismo de defensa, yo siempre estoy atenta a que no pase un golpe militar. Yo no quiero que pasen por lo que pasamos nosotros; no podría tener la fuerza de las Madres», insistió.

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Shirley Herreros / #CoberturaColaborativa SPN

PH Oscar Livera

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