Hertzriken identificó a Casagrande como “Pedro”, el torturador de Ríos

La tercera jornada de alegatos de las querellas comenzó con la exposición de Marcelo Hertzriken Velasco, representante de Rubén Ríos. Con un discurso breve y sin demasiadas disquisiciones, el abogado manifestó su adhesión al planteo del Ceprodh de condenar a los imputados por genocidio y afirmó que había pruebas suficientes para identificar a Enrique Charles Casagrande, ex suboficial del Departamento de Inteligencia, como el secuestrador y torturador al que su representado conocía como “Pedro”.

Cecilia Maletti 2 octubre

Enrique Charles Casagrande, suboficial de inteligencia del Ejército

Mientras el querellante exponía sus argumentos, Casagrande dormitaba en el ala opuesta del salón, al igual que otros acusados. Hertzriken describió los padecimientos de su representado desde el secuestro en su domicilio hasta la actualidad y detalló las secuelas psíquicas y físicas que dejó la tortura sobre el ex delegado de Luz y Fuerza de General Roca. A su lado, Ríos seguía atento el relato.

El abogado remarcó que “no se pudo establecer el ingreso y egreso de la Unidad 9”, que su representado fue torturado en la Escuelita y concluyó que, “en el secuestro, es tan responsable quien mantiene al detenido en cautiverio, como quien lo traslada o quien atiende a los familiares”. Como cierre, señaló -con la vista fija en los imputados- que  “Rubén Ríos sigue en pie con sus mismas convicciones” y mantiene aún su actividad militante, ayudando como electricista en barrios de bajos recursos.

Al momento de pedir las penas, solicitó prisión perpetua por el delito de genocidio para siete de los imputados: Enrique Braulio Olea, Oscar Reinhold, Hilarión de la Paz Sosa, Jorge Molina Ezcurra, Sergio San Martín, Serapio del Carmen Barros y Enrique Charles Casagrande.

No obstante, agregó una solicitud de penas menores para el caso de que el Tribunal se ajustase a la acusación por “privación ilegítima de la libertad con empleo de violencia”. Indicó que, de darse esa variante, consideraba que le correspondían 15 años de prisión a todos los nombrados, salvo Casagrande, para quien pidió 25 años. Argumentó que se trata de las sanciones aplicables para el caso, según el principio de “la ley más benigna”.

Al culminar el alegato, Hertzriken explicó a los periodistas presentes que identificó a Casagrande como el torturador “Pedro” por el testimonio de su representado y del propio acusado. Indicó que consideraba al ex suboficial “como la persona que le infringió la mayoría de los tormentos a Ríos” por el viaje a Tucumán que le anunció el supuesto Pedro a la víctima días antes de su liberación, en setiembre de 1976. “Y de todas las personas que prestaban servicio en el Destacamento de Inteligencia, la única que fue al Operativo Independencia fue Casagrande”, afirmó.

Estimó que “puede ser que se haya denominado Pedro a varios interrogadores, pero el Pedro que le inflingió la mayoría de los tormentos a Ríos es éste que viajaba a Tucumán”.  Agregó que la identificación fue posible en gran medida por “el trabajo de (el ex juez de la causa, Guillermo) Labate y Silvina Domínguez, que escudriñaron legajo por legajo”.

Ríos: “sentí una profunda pena”

Matías Subat

Rubén Ríos en la pantalla de la sala de audiencias, detrás los imputados escuchan el alegato

Rubén Ríos pudo mirar por primera vez a la cara a quienes organizaron y perpetraron su secuestro. Contó que, “al verlos, solamente lástima me han dado” y se lamentó por que los acusados no hayan podido ser juzgados también por las víctimas de las que aún se desconoce su paradero, “los que siguen desaparecidos”.

Comentó que repudiaba que los acusados hayan dejado “manchas” hasta estos días en la imagen del Ejército Argentino, identificada en su niñez con la figura de José de San Martín. “Ver a estas personas que han degradado y manchado tan profundamente a una institución tan señera, no solamente para Argentina sino para países hermanos, no puede menos que causarme pena”, se lamentó.

En su discurso pausado, su postura corporal y cada línea de su rostro, Ríos refleja la profunda herida que le dejó la tortura. Durante el alegato,  su abogado recordó que el secuestro le causó “un quiebre” en su vida, al punto de alterar su carácter y la relación con su familia.

Remarcó que, al ser liberado, Ríos pesaba menos de 50 kilos, estaba hambriento y muy golpeado y no podía abrir los ojos, ya acostumbrados a la oscuridad de las vendas. Pero el secuestro fue sólo la primera etapa de su calvario. Le siguieron las amenazas anónimas, advirtiéndole del posible fusilamiento de sus allegados.

Matías Subat

Hertzriken Velazco y el querellante Rubén Ríos en un cuarto intermedio de los alegatos

Una de esas cartas intimidatorias estuvo cerca de lograr el objetivo: le indicaba que, de no suicidarse en 24 horas, matarían a sus hijos. Ríos, que conocía de qué eran capaces sus atacantes, se pegó un tiro en la sien. Quiso el destino que sobreviviera para presenciar el juicio contra sus torturadores, que pudiera mirarlos de frente por primera vez y verlos en el banquillo de los acusados.

 

 

Sindicato de Prensa de Neuquén

fotos: Cecilia Maletti

 

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