¿Qué te creías, que te ibas a librar de nosotros?”

Cuando el 17 de agosto de 1976, a las 3 de madrugada, sonó el timbre de su casa, Rubén Ríos no se sorprendió. Él reparaba las máquinas averiadas de dos panaderías y a esa hora solían precisar de sus servicios como electricista. Se acercó a la puerta, en camiseta y calzoncillos, y vio a un hombre y a una mujer.

matias subat 8 de junio

“¿Vos sos Rubén Ríos?”, preguntaron. “Nos tenés que acompañar a la comisaría”. Rubén tampoco se exaltó ante la exigencia porque en ocasiones era requerido en la dependencia policial.

“No, dígale al comisario que voy mañana”, contestó.

Ríos tenía 33 años por entonces, era empleado de la empresa Agua y Energía, delegado gremial, y presidente de la junta vecinal. Había militado en la Juventud Peronista. Su vivienda estaba situada en Chacabuco 2170 de General Roca (Río Negro).

En ese momento se dio cuenta que aquellas personas, de las que solo pudo ver sus ojos, no eran policías. El hombre en la puerta se abrió el gabán, sacó una pistola y le quebró dos dientes. Lo sacaron afuera mientras lo apuntaban y comenzó la tenaz resistencia. “Qué me maten acá, que mi familia sepa dónde voy a estar enterrado”, gritó, pues ya se sabía que había gente desaparecida. En el forcejeo se oyó un tiro que quebró definitivamente el silencio. Luego de hacerse el desmayado, sus secuestradores lo cargaron en el baúl del auto y lo llevaron hasta Neuquén. A la altura del puente carretero, Rubén recordó que había un fleje suelto cuyo ruido, al pasar un vehículo, era “muy particular. Ni bien lo escuchó, se tiró y cayó a los pies de un policía. El oficial pensó que se trataba de una despedida de soltero. Lo envolvió en una manta y le dio café para sobrellevar los siete grados bajo cero. Recién entonces pudo llamar a la casa de su suegra para avisar dónde estaba.

A la garita del puente llegaron dos camionetas Dodge que lo trasladaron al hospital. Allí dio su nombre verdadero y contó que había sido asaltado, por lo que se encontraba casi desnudo. Lo llevaron hasta la delegación de la Policía Federal, subió una escalera alta y se quedó en un calabozo hasta que arribaron sus captores. “¿Qué te creías, que te ibas a librar de nosotros?”, le dijeron.

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Ese fue apenas el inicio del detallado relato que brindó Rubén ante el Tribunal Oral Criminal Federal de Neuquén, el viernes pasado, en el segundo juicio oral y público que se desarrolla en la región contra represores acusados por delitos de lesa humanidad.

 “Así que te castigás con chocolate”

Ríos permaneció más de veinte días en el centro clandestino de detención y tortura “La Escuelita” de Neuquén. “Acá no se habla”, le advirtieron ni bien lo ingresaron. Le vendaron los ojos y lo esposaron de pies y manos a un camastro. “No sabía si estaba soñando, si era una pesadilla”, expresó. Se desmayó, y cuando recobró el conocimiento había una persona que le tomaba el pulso. “Tengo baja presión”, explicó.

Lo torturaron con picana eléctrica, aplicándola en sus testículos y en el estómago, mientras le preguntaban por la guerrilla. “Acá los machos no existen”, le decían sus torturadores. En aquellas circunstancias le daban ganas de inventar algo que pudiera hacerlo esquivar el tormento, pero la mentira podía jugarle una mala pasada. “Si descubre que es mentira la voy a pasar peor”, manifestó al recordar esos momentos.

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No ingirió alimentos mientras estuvo secuestrado. Le mojaban los labios con un algodón y alguien alguna vez le acercó un chocolate. Cuando se produjo el cambio de guardia reconocieron que había comido. “Así que te castigas con chocolate”, lo amonestaron. Su cuerpo sufriente fue sancionado.

Sobre el “chupadero”, Rubén indicó que siempre tenía a una persona cerca pues oía la respiración. En la noche escuchaba que sacaban gente a la rastra que se quejaba, y luego disparos. “A esa gente la mataban y la enterraban ahí”, dijo. Señaló que su interrogador era un tal “Pedro”. “Mirá flaco, te voy a llevar a tu casa porque a mí me van a trasladar a Tucumán”, le comunicó antes de su liberación.

A su domicilio lo llevaron en un auto junto a otros dos detenidos. A uno de ellos cree que lo bajaron en Cipolletti, y al otro en Allen. Si bien sus verdugos le habían dicho que una vez que el auto se alejara podía desatarse, Rubén aseguró que aún cuando se fueron “mi mente seguía pensando que me escuchaban”. El perro del vecino empezó a morderlo, hasta que lo auxiliaron. “El olor que tenía no me lo podía aguantar ni yo mismo”, afirmó. Y le pidió a su mujer, Ester Rivas, que lo ayudara a bañarse.

 

El regreso

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Pasaron unos cuantas semanas hasta que pudo recuperarse. Estaba delgado, barbudo, y apenas se movía. Había perdido la sensibilidad en sus genitales. Recuperó su trabajo en Agua y Energía gracias a que Ester consiguió un certificado expedido por el Ejército y sellado por el jefe de Inteligencia de la Sexta Brigada, Oscar Lorenzo Reinhold, que decía que había estado detenido e incomunicado por averiguación de antecedentes.

 

Meses después Rubén comenzó a recibir anónimos y llamadas telefónicas intimidatorias. En una ocasión le indicaron que debía ir hasta Cipolletti. La persona nunca llegó, Ríos perdió el colectivo de regreso, y caminó hasta Allen donde un camionero lo alcanzó unos metros. Al enterarse porque deambulaba lo hizo bajar del vehículo, y prácticamente llegó a su casa de mañana.

 

El 9 de junio de 1977 lo llamaron a la empresa. Como no se encontraba en la oficina, su jefe le avisó. A las 11 sonó el teléfono. Atendió Rubén: “Somos lo que andábamos con Pedro. Tenés 24 horas para suicidarte o te matamos a tus hijos”. Pidió permiso para retirarse de su trabajo, discutió con su pareja a quien sacó a los empujones de su casa junto a sus hijos. Al día siguiente, a las 10, Rubén tomó distancia y apretó el gatillo. Un vecino escuchó el disparo y lo llevó hasta el hospital. Nunca más lo hostigaron.

 

Al momento del interrogatorio en el juicio, el abogado defensor Hernán Corigliano, quiso preguntarle al testigo por una declaración que hizo en el Juzgado Federal de Roca el 10 de septiembre de 1976, en la que Ríos no hablaba de la tortura. Su patrocinante, Marcelo Velasco, cuestionó que se lo consultara por dichos formulados durante el imperio de un gobierno que lo secuestró y torturó. A la solicitud adhirió la querella de la APDH y del Ceprodh. Sin embargo, los jueces resolvieron que la prueba no había sido impugnada en su oportunidad y que el Tribunal no podía adelantar opinión hasta dictar sentencia. El testigo aseguró que si no se había explayado sobre los tormentos sufridos era porque “estábamos en plena dictadura, yo no quería ser desaparecido más”.

 

 

“Cuando lo vi, entendí que había vivido una situación terrible”

Elsa Rivas describió que el 17 de agosto de 1976, después de la medianoche, su entonces esposo, Rubén Ríos, fue secuestrado en su casa ubicada en la calle Chacabuco de General Roca. Sujetos vestidos de civil y con los rostros semicubiertos, golpearon a la puerta de su casa y preguntaron por él.

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Despertó a su esposo, se levantó enseguida de la cama y fue hasta la puerta en ropa interior. “Lo tomaron del brazo y lo llevaron hacia la vereda. En esa madrugada la calle estaba muy oscura. No había luz”, relató Elsa. Sin embargo notó que había vehículos estacionados con más hombres. “Lo subieron a la fuerza, él no quería subir”, dijo.

Ante la desesperación, Elsa salió corriendo a la casa de su vecino y escuchó disparos de armas. Se asustó mucho y pensó: “mataron a Rubén”. Salieron corriendo a la vereda donde suponían que estaba Rubén muerto, pero cuando salieron “estaba todo sereno como si no hubiese pasado nada”.

Fueron a buscarlo a la comisaría 3º, y luego supieron que Rubén había llamado por teléfono y les había dicho que estaba detenido en la policía caminera de Neuquén. Se trasladaron hasta allí en un camión cargador de arena. Allí les dijeron que lo habían trasladado a la comisaría 1º pero que antes lo habían llevado al hospital porque “estaba herido.” En el nosocomio les informaron que había sido atendido de una herida cortante en la cabeza.

A partir de ese momento, Elsa le perdió el rastro. Junto con su abogada, María Graciana Miller, realizaron denuncias en el Juzgado 1 de General Roca y en euquén.

Al tercer día y sin obtener respuesta sobre el paradero de Ríos, fue al Comando Subzona de Seguridad 52 y dialogó con el Mayor Farías, para que la ayudara a encontrar a su esposo.

Sin respuestas y luego del noveno día, habló con el Teniente Coronel Reinhold y le dijo que su marido estaba allí detenido, que “lo tenían ellos, que se tranquilice, y que espere en su casa hasta que se lo devuelvan, dentro de 2 o 3 días”.

Dos días después, a las 2 de la mañana, escuchó que golpearon la puerta de su casa. Elsa lo estaba esperando. “Abrí la puerta y quedé espantada, tenía la barba crecida, ojos pegados que apenas miraban, estaba sucio y con las piernas abiertas porque no se sostenía parado. No pudo apoyar los pies durante un mes y medio. Todo el tiempo caminaba con las piernas abiertas. Lo atendía una doctora”, recordó ante el Tribunal.

Ante la ausencia durante los diez días en los que estuvo detenido, en el trabajo lo habían dejado cesante. “Ya no trabaja más acá,” le informaron a Rivas. Así que la mujer volvió de nuevo al Ejército, habló con Farías y le pidió un certificado en el que constaba que “Ríos estuvo detenido e incomunicado por averiguación de antecedentes”. Llevó el certificado al trabajo de su esposo, y enseguida recuperó su puesto aunque con certificado médico, ya que estaba siendo atendido por un psicólogo, porque “a él no se le podía hablar, porque lloraba y sufría dolor”, relató Elsa.

Rivas terminó su declaración sosteniendo que “en ese momento, fuimos huérfanos de todos, nadie daba la cara por nosotros, ni la sociedad, nadie. Yo me vi sola en la búsqueda de justicia”.

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En otro tramo de la audiencia, Juan Carlos Vázquez corroboró que fue él quién recibió el llamado de Rubén Ríos cuando pudo escaparse del baúl del auto de sus captores. Sostuvo que cuando él tenía 24 años vivía con la madre de Ríos y “una noche llegó Elsa, a avisarles que habían secuestrado a su marido”.

Esa misma noche, Elsa y la madre de Ríos, salieron a la comisaría a dar aviso de los hechos sucedidos, en ese momento Vázquez recibió el llamado de Rubén que “pedía que lo vayamos a buscar”. Estaba en el puente carretero.

“Estaba reducido a la condición de animal”

Débora Civicos

Abogada de Ríos, presentó habeas corpus durante su búsqueda

Así describió María Graciela Miller, acerca del estado deplorable en el que vio a Rubén Ríos al ser liberado de al menos un mes de cautiverio. Miller, por entonces abogada de Ríos confirmó que “Rubén tenía serias dificultades para hablar y para caminar, yo no sé cómo pudo sobrevivir, porque lo que contaba era realmente atroz, me impresiono mucho su estado, nunca he vuelto a ver a una persona en una situación similar, era tremendo”

La declaración de la abogada,  ratificó el testimonio de Ríos.  Sostuvo que junto a la mujer fueron varías veces al comando “a ver si estaba allí, hicimos todo  tipo de averiguaciones con resultados negativos”.  Recordó  que a pesar de que “entre los colegas se comentaba que no había que meterse”  hizo la presentación de al menos un habeas Corpus, “sin embargo en esa época no se tramitaban, porque antes de la Constitución estaban los estatutos militares, y eso era de público conocimiento”.

Miller, sostuvo que a Ríos “le arruinaron la vida”, dijo que las torturas que recibió Ríos “tenían que ver con estar desnudo, atado, con los ojos vendados, a un lugar que parecía una cama aplicándole electricidad en las partes más intimas del cuerpo” y que luego las torturas continuaron cuando “comenzaron a amenazarlo telefónicamente, y todo el miedo que tenía lo llevo a atentar contra su vida”.

 

Sindicato de Prensa de Neuquén

Fotos : Matías Subat/Débora Cívicos

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