Tortura hasta el exilio

Más de tres horas demandó la declaración de Orlando «Nano» Balbo, secuestrado el día del golpe militar en 1976 y mantenido bajo golpes y vejámenes en las cárceles de la dictadura. Conoció la «picana» bajo la mirada penetrante de Raúl Guglielminetti, quien lo trató de «rata de albañal» mientras le preguntaba por los diputados René Chávez, Carlos Arias y Guillermo Buamscha.

Balbo dejó en claro que la tortura no cesó hasta que pudo hacer uso de la opción para «salir del país», en 1978, cuando se exilió a Italia. Para esto había pasado seis meses en la U9 de Neuquén, casi un año en la cárcel de Rawson y un tiempo menor en la unidad de detención de Caseros, antes de partir a Europa. Los traslados por avión -junto a otros detenidos políticos- eran bajo golpes y amenazas continuas, encapuchados y esperando el peor final en cualquier momento.Para poder visitarlo en Rawson, su madre podía acceder a hablar con él unos minutos durante cinco días, cada 45, si decía que venía a ver al «terrorista subversivo Orlando Santiago Balbo». Su padre, un hombre de campo «soportaba como podía una agresión para la que no estaba preparado». «La tortura a los familiares no tenía límites, ni en el tiempo, ni en las formas», exclamó.

Ese 24 de marzo en Neuquén la patota reventó la puerta de su casa a patadas y lo trasladó en un Peugeot claro hasta la delegación de la Policía Federal. Allí fue sentado, encapuchado y vendado. Había otras personas, y luego llegaron los golpes en una especie de sótano ubicado al final del pasillo de la dependencia, en momentos en que estaba esposado por la espalda y atado a la silla.

Eran varios los que torturaban, pero la mayoría se mantuvo a sus espaldas y al que pudo detectar era al civil de inteligencia Guglielminetti que conocía de la Universidad Nacional del Comahue, porque allí había trabajado Balbo en la secretaría administrativa de la Facultad de Agrarias, mientras que aquel integraba el «staff» del rector Dionisio Remus Tetu. También lo conocía porque se desempeñaba como periodista deportivo en la radio LU 5, y detalló que unos años atrás, se lo habían presentado en la calle.

Pero su faceta de interrogador la conoció en la sede de la Federal. Allí, además de los golpes, que le reventaron los tímpanos y que le produjeron la sordera, lo sometieron al paso de corriente y a submarino seco. «De atrás me ponían el plástico en la cabeza, y parece que la cabeza se expande, y estalla, y el corazón enloquece. En ese momento y cuando uno tiene la boca abierta, te hacen un agujero en el plástico», describió.

También le ejemplificó al tribunal cómo se hacía para mantener el equilibrio sobre la silla de torturas mientras el cuerpo se movía espasmódico por el paso de la corriente..

Explicó que Guglielminetti conocía tanto el procedimiento, que advirtió en un momento durante el submarino seco que con uno de los dientes se había hecho un agujero en el nylon, por lo que el ahogo era un poco menor. “¡Cambien la bolsa!”, exigió a la patota, mientras le gritaba con bronca, “rata de albañal!…»

En una oportunidad, cuando volvió del desmayo tras la picana esposado en el sótano de la Federal, encontró a una persona en la misma mesa de torturas comiendo pollo con papas y una gaseosa oscura, como la Coca Cola.  Con voz pausada, el comensal al que advertía desde abajo de la venda, le sugería que le diera a los torturadores los datos que querían.

¿Cómo podían comer en esa oficina, con esos gritos?, se preguntó Balbo quien recordó la tortura inconmensurable de escuchar desde la escalera, los gritos de los otros detenidos a la espera de su propio turno. Aseguró que no hay manera de describir los alaridos de los tormentos, «es un grito no humano, animal, no sé como describirlo», destacó.

Para llevarlos a las sesiones de tormentos en la Federal, que se prolongaban hasta la noche lo sacaban desde la U9, donde luego en varias oportunidades le aplicaron golpes en una oficina. Allí no hubo picana, pero las agresiones venían de varios lados y en busca de «corroborar datos que tenían de otro lado, por ejemplo, cuándo había empezado a trabajar con René Chávez», dijo.

Balbo, además de Guglielminetti, reconoció al comisario de la Federal ya fallecido «Perro» González, que como al pasar y sin mediar palabras, le propinaba una feroz trompada y a un joven corpulento, rubio y alto que vestía de civil y que armó la caja de la picana antes de que iniciaran los tormentos. También en una oportunidad pudo detectar la presencia de alguien de mayor jerarquía, que se vestía de civil, tenía barba candado y «que hasta Guglielminetti se mostró como ante la presencia de un superior», describió.

A su regreso a la U9 no podía sostenerse en pie. Con dificultad llegaba a la celda y «hacía un esfuerzo por volver» , mientras que ya en el encierro junto con Ramón Jure -otro sobreviviente que debía declarar en este juicio pero que murió antes de poder brindar su testimonio-, no soportaba estar acostado, ni sentado, tenía hematomas en todo el cuerpo y cuello,  los oídos le sangraban, intentó asearse y se miró al espejo sin poder reconocer su rostro. «No tenía rostro, estaba todo hinchado», recordó.

Por la insistencia y protestas de Jure lo medicaron y le dieron calmantes; «y unas gotas en los oídos que me enloquecían», destacó. Como pudo y con mucho esfuerzo, escribió una nota dirigida al juzgado federal para denunciar que era torturado y para exigir ser interrogado con un funcionario judicial y con la presencia de personal penitenciario.

La denuncia la encontró su padre en el despacho del mayor Luis Alberto Farías Barrera, cuando el militar sacó el escrito de un cajón y le recriminó a Balbo que su hijo «nos está denunciando».

EL EJERCICIO DE LA MEMORIA

«Esperé mucho tiempo por llegar a esta situación, casi 40 años», le dijo Balbo a los jueces y detalló los obstáculos contra los que luchó para no silenciar los detalles del horror en su memoria. «No fue fácil, despertar con las pesadillas en la noche todo sudado pensando que era la celda de Rawson, cuando todo indicaba que lo más saludable era olvidar para reanudar mi vida. Pero esa información explicaba el plan criminal que afectaba al país, el temor instalado en las instituciones del Estado a las que el pueblo le dio las armas para que nos  defendieran; recordar no era sensato y más con el obstáculo del tiempo donde los rostros y los hechos se desdibujan; seis meses en la cárcel de Neuquén donde me sacaban para torturarme, o en Rawson, o en Caseros aislado del mundo con la única conexión que tenía con la realidad era a través de un tubo por el que hablábamos con los familiares, donde nuestra conversación era escuchada y a riesgo que ante el menor  equívoco tomaran represalias contra nosotros o las vejaciones contra nuestra familia…dudábamos de ser creídos», explicó.

Sostuvo además que el «capítulo final» del terror sólo lo conocían los que habían desaparecido, y los que «ejecutaron el plan, que se escudan en una pseudo teoría de guerra y en una supuesta obediencia debida». Insistió también que no estaba excento del miedo por la desaparición de Julio López y la sanción de una ley antiterrorista que no define quién es el terrorista.

Recapituló entonces que «estoy tratando de cumplir con la carga pública, y con el mandato de los sobrevivientes de contar lo que pasó, para resignificar nuestras vidas cuando uno deseó morir, desear la muerte es irracional», sostuvo.

LOS DEFENSORES BUSCARON MONTONEROS

Orlando Balbo mantuvo la calma y la mesura a lo largo del desgarrador relato, con reclamos de justicia y de la injusticia del olvido, el Punto Final y la Obediencia debida; pero al final, cuando llegaron algunas preguntas de los defensores, lograron sacar protestas de sus respuestas. «No sé qué buscaban, eran preguntas absurdas, fuera de sentido y me parecía que me tomaban por tonto», se quejó luego al salir de la audiencia.

¿»Le practicaron algún estudio tendiente a determinar el paso de corriente eléctrica por su cuerpo»?, exigieron. Balbo explicó que se hizo estudios en Italia y Dinamarca, y que en Copenhagen intentaron hacer un análisis específico, pero le indicaron que cuatro o cinco años era mucho tiempo para poder establecer las secuelas físicas de la picana.

A renglón seguido exigieron conocer si era amigo o enemigo de cada uno de los denunciantes, en busca de establecer una relación de militancia con ellos. «A la mayoría les guardo afecto por haberlos conocido en los momentos difíciles de la cárcel» respondió Balbo.

Ante la insistencia debió aclarar «los estimo, pero no sé quiénes son sus afectos, no sé cuándo es el cumpleaños de sus hijos, no los invito a mi casa»,  espetó. Hasta le recriminaron que si él militaba en la juventud peronista en 1974 y Perón había designado al montonero Galimberti como jefe de la juventud peronista en 1973, debía explicar a qué facción del «peronismo de base» pertenecía.

«Fui simpatizante y colaboré y trabajé en la Juventud Peronista y también me separé de ellos cuando no me sentí identificado. No me siento identificado con ningún partido político pero no soy independiente, para que mi conciencia no se nuble», respondió. Luego dijo que tras años de búsquedas de respuestas y en función a las preguntas que recibía en la tortura, dedujo que su participación en 1973 en las campañas de alfabetización durante el gobierno de Héctor Cámpora que tenían como base la pedagogía del educador Paulo Freire pudo desencadenar la furia de los militares porque «luego fueron libros prohibidos y había que quemarlos. La campaña en sí no terminó, pero cuando Cámpora renunció, la campaña de alfabetización se quedó sin sustento político», relató.

Cuando el 24 de marzo de 1976 lo fueron a buscar, Balbo era docente en un quinto año de una escuela de Cipolletti, había sido cesanteado de su cargo de secretario administrativo en la facultad de Agrarias (UNC) y se desempeñaba desde hacía un mes como secretario legislativo de la diputada de la PJ, René Chávez.

Sindicato de Prensa – Foto: Matías Subat

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